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Curar
y atender no es lo mismo. La burguesía triunfante vive confortablemente;
las clases populares trabajan duro ya no sufren hambrunas. El sufrimiento
ya no parece inherente a la vida; si no se puede evitar, al menos se puede
paliar. La guerra no se cuestiona, pero ha de procurarse que sus efectos
se limiten a lo imprescindible. La vida es un bien demasiado precioso como
para desperdiciarlo.
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La
atención a enfermos y heridos pasa de ser marginal a prioritaria,
no sólo por los adelantos técnicos, sino porque los medios
de comunicación informan a la opinión pública de las
inhumanas condiciones de los hospitales.
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Se
da el salto cualitativo. No basta con salvar la vida de los propios heridos.
También el enemigo es un ser humano, y desde el momento en que no
puede combatir, merece el mismo trato. Para eso hace falta una institución
neutral respetada por las potencias en liza. Tras el respeto a los heridos
vendrá el de los presos, y luego el de los afectados por catástrofes
no bélicas, y los civiles, los desplazados, los refugiados... las
soluciones siempre van detrás de los problemas.
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La
intervención pacificadora de otros estados está condicionada
en gran medida a los intereses geoestratégicos y económicos.
La siderurgia británica estaba muy interesada en las minas de Bilbao,
y su explotación comenzó a gran escala tras la guerra.
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