
Operaciones de minado
El primer minado del puerto de Bilbao lo efectuó el destructor Velasco la madrugada del 24 de setiembre de 1936. Sembró Un total 40 minas entre Punta Galea y Punta Lucero. Con este sembrado se pretendía cerrar la entrada de Bilbao para la Flota Republicana, que en aquellas fechas llegaba al Norte procedente del Mediterráneo. La Junta de Defensa de Vizcaya movilizó una pareja de arrastreros, el Danak Ondo y el Marce, para actuar como dragaminas. El campo fue descubierto el mismo día 24 y en poco tiempo los dragaminas vascos consiguieron abrir un canal, de modo que el 26 pudiera entrar ya la Flota sin contratiempos.

El segundo intento de minar Bilbao fracasó cuando
la noche del 7 al 8 de enero el bou Nabarra sorprendió
al Velasco y Genoveva Fierro antes de iniciar
la operación. Regresaron la noche del 15 al 16, consiguiendo esta
vez fondear las 97 minas que llevaba el Genoveva y 50 anti-rastras
del Velasco, estableciendo una barrera que comenzaba a 2
millas al Este de Castro y se extendía en dirección NE hasta
las proximidades de Cabo Villano. Esta vez las minas causaron el hundimiento
del patrullero Goizeko-Izarra y el dragaminas Mary-Toya
y se cobraron 23 víctimas. En los meses sucesivos todavía
se repetirían estos minados en dos ocasines pero sin éxito
alguno. Otros campos más fueron instalados frente a Santander, Gijón
y Avilés pero el único "éxito" que lograron fue el
hundimiento del acorazado franquista España frente
a Santander (30-4-37).
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El segundo tipo empleado era la mina alemana «de cuernos», tipo EME, denominada "ofensiva", que databa igualmente de la Primera Guerra Mundial, aunque era de un modelo más avanzado. Tenía forma esférica, con cinco cuernos de plomo en la parte superior y detonaba por contacto. Fueron adquiridas directamente a los alemanes durante la guerra. Primero se habilitó para llevarlas al Genoveva Fierro, pudiendo transportar hasta 100 en los raíles de cubierta y otras 100 en las bodegas. Después se adaptó al Júpiter para el mismo cometido. Fueron estas minas las que provocaron el hundimiento del Goizeko-Izarra, del Mari-Toya y, más adelante, del propio acorazado España y las que causaron un verdadero peligro para la navegación.
Junto con las minas se instaló otro tipo de artefacto conocido como rompe-rastras o anti-rastras y también minas «de calamar», cuya finalidad era romper los aparejos de rastreo de los dragaminas, protegiendo así el campo minado. Tenía un aspecto similar a las minas "de verdad" pero su casco no contenía carga explosiva y actuaba sólo como flotador. Un metro por debajo del flotador llevaba el dispositivo «de calamar» que contenía una pequeña carga. de trilita. Al ser enganchada por el cable de rastreo se disparaba cortando el aparejo. Las sembraron el Velasco y el Júpiter, combinadas con las anteriores.
Después de la caída de Bilbao, recibieron
los franquistas un nuevo tipo de mina, denominada «de pera».
Eran de construcción alemana, modelo Carbonit, con la forma
que su denominación indicaba y cinco cuernos en la parte superior.
Su mecanismo de detonación era similar al de las minas «de
cuernos». Para su sembrado se acondicionaron dos pesqueros, el Felisa
Rodal y el Rodal Barreiro, montando unas vías
especiales que les permitían embarcar cuatro minas a cada uno. Operaron
en julio de 1937 desde Ribadeo, sembrando un total de 32 minas entre Gijón
y Avilés. No consiguieron éxito alguno -en parte debido a
su escaso número-. Aunque no se llegaría a sembrar este tipo
de minas en aguas de Euskal Herria, algunos dragaminas vascos que marcharon
a Asturias tras la evacuación de Santander colaborarían en
su rastreo.
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El rastreo de minas
A raíz del minado efectuado el 16 de enero, la Jefatura de las Fuerzas Navales republicanas en el Cantábrico asumió la dirección del rastreo, destinando al efecto personal especializado de la Armada e incluso realizando vuelos de exploración con hidroaviones. La Sección de Marina de Euzkadi le facilitó una flotilla de dragaminas junto con el personal y equipos necesarios. Pero después de fallecer el responsable del dragado, alférez de navío Julián Sánchez-Gómez, en el hundimiento del Mari-Toya, la Marina Republicana no fue capaz de organizar eficazmente el rastreo.
El 1 de febrero la Marina de Guerra Auxiliar decidió tomar el relevo. Se nombró Delegado de Marina en Portugalete al capitán José María Burgaña y se encargó la organización de los servicios de recogida de minas. Burgaña utilizó para estas labores las mismas embarcaciones y personal puesto a disposición de la Marina Republicana, en total 6 dragaminas (Jaimín, Rafael Cantos, Arco, Iris, Gure Artizar y Gure Izarra) y tres motoras auxiliares (Nazareno nº1, Angel de la Guarda y Nazareno nº9), bajo el mando primero del capitán Jesús de Landarte y luego del capitán Angel Gabiña. Los sucesivos minados de Bilbao obligaron a reforzar la Flotilla de Dragaminas, llegando en mayo el número de dragaminas a 24 y el de motoras auxiliares a 6. A todos se les asignó un numeral precedido de la inicial "D" o "L".
El trabajo de los dragaminas era el de limpiar los campos
de minas que obstruían la navegación. El procedimiento era
sencillo: se tendía un cable metálico o rastra entre dos
dragaminas, que lo arrastraban por la popa navegando a la misma velocidad
y con rumbos paralelos desde fuera de la mar hacia dentro. Al avanzar,
la rastra enganchaba el cable que mantenía a la mina sumergida y
tiraba de él hasta arrancarla de su anclaje. En esta operación
a veces la mina explotaba espontáneamente y otras veces salía
a la superficie donde se le hacía estallar a tiros de fusil o se
la remolcaba a tierra para desactivarla y aprovechar los explosivos que
contenía. También en un par de ocasiones las minas se hundieron
después de cortarles el cable de amarre

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Después de la caída de Bibao los dragaminas
vascos colaborarían en el rastreo de los campos fondeados frente
a Santander. La Marina vasca puso a disposición de la republicana,
a comienzos de julio, una escuadrilla completa formada por 6 dragaminas
y 2 motoras auxiliares. La eficaz labor desarrollada decidió
a la Marina Republicana a incorporar los buques a sus fuerzas desde el
1 de agosto. Ese día la Marina de Euzkadi entregó a las Fuerzas
Navales del Cantábrico los 8 buques que habían realizado
el rastreo de Santander. Al evacuarse Santander la mayoría de los
rastreadores salieron el 24 de agosto para Francia, llegando el 25 a La
Pallice. Sólo la L-1, la L-3 y los D-9, D-21
y D-22 pasarían a Asturias, continuando su labor en Gijón
y Avilés hasta octubre. Cuando cayó Asturias se refugiaron
en Burdeos y Arcachon. Acabada la guerra todos los buques serían
devueltos a sus armadores.
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