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Espíritus puros"Se puede gritar ¡bravo!, Schwere Noth, Gottsblizz, ¡bravísimo!, sin haberse comprendido ni la propia admiración". (KIERKEGAARD).Dos herejías fundamentales acosan desde hace siglos a nuestra vieja civilización. La primera ha sido hartas veces condenada para tener que insistir: es el materialismo, la impugnación del espíritu, la afirmación de lo corporeo, lo sibisble y tangible frente a lo invisible e incorporeo. La otra es menos conocida, menos criticada, menos combatida, sin que se sepa a ciencia cierta por que: es el falso espiritualismo, el angelismo, que menosprecia la realidad de la materia y quiere regir las cosas humanas como si de puros espíritus se tratase. Puede esta tendencia mostrarse muy exigente, rígida, puritana; tratar de imponer ideales heroicos; ocultarse a sí misma miserias esenciales o accidentales de la naturaleza humana. Puede inlcuso interpretar la Historia a su manera, no queriendo ver en ella sino luchas de ideas, batallas apocalípticas entre la verdad y el error; pero habrá pasado junto a lo humano sin conocerlo. El angelista puede clamar todo lo que quiera, pero es un hombre que no se ha entendido su propia naturaleza. Cuando el materialismo dialéctico afirma que la realidad histórica está
"determinada" por las exigencias de la lucha por la vida, que son las masas
desposeídas las que con su formidable presión para romper las fronteras
de los paraísos terrestres hacen moverse la máquina de la Historia, se
equivoca sin duda, pues hay en todo hombre una llama que arde de abajo
a arriba y que es capaz de dominar y superar la dura ley de la necesidad
física.
Ese exigente espiritualismo, incapaz de compasión y de piedad verdadera
hacia los miserables, es, en el fondo, un fruto de la soberbia, como la
devoción de aquellas monjas de Port Royal "puras como ángeles y orgullosas
como demonios" —en frase del famoso arzobispo de París, Mons. de Péréfixe,
a quien tanto qué hacer dieron—.
Hablar de cosas excelsas a gentes con las que la sociedad —acaso porque arrastra un viejo peso secular de pecados colectivos— no cumple sus deberes de justicia social, es, entre otras cosas, un sarcasmo, sobre todo si el que habla tiene asegurada, en su casa o en su convento, una existencia material relativamente aceptable. Reconozcamos que la miseria prepara el camino de las más atroces desviaciones ideológicas y que no siempre puede culparse a los materialistas de ellas. He aquí lo que no pueden olvidar los genuinos espiritualistas —que saben que tienen cuerpo—. Que la lucha por la vida es una necesidad imperiosa y agobiante de multitud de pobres gentes y que este hecho no puede ser desdeñado cuando se trata de pensar y de vivir cristianamente la Historia, no cayendo en un estetismo condenable. |
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