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Cansancio y pasividad de los católicosSin un adviento purificador que nos vacíe de nosotros mismos, no estaremos en condiciones de cumplir el deber político y social que la hora reclamaUna vez más el Papa, en su discurso del día 1 de noviembre, con motivo de la institución de la fiesta de la realeza de María, ha vuelto a poner de manifiesto, con palabras llenas de preocupación, la crisis de desconfianza política y social que están atravesando los pueblos. El "cansancio de los buenos", la resignación, la pasividad con que la mayor parte de los católicos de nuestro mundo occidental ven hoy hundirse la sociedad, constituyen un fenómeno muy grave, el síntoma de un malestar profundo cuyas raíces deben buscarse en el descreimiento filosófico y religioso. EL PAPA NO EXAGERA
El propio Papa ha dicho alguna vez que ésta no es hora de discursos. Su misma insistencia, la reiteración conque una y otra vez vuelve sobre la idea de la crisis; revela que en su ánimo late una enorme preocupación. ¿Por qué esa insistencia? El Papa quiere, sin duda, que adquiramos plena
conciencia de la situación histórica. Viviendo, como vivimos, sumergidos
en ella, nos resulta difícil darnos cuenta del enorme peligro que está
corriendo nuestra civilización no sólo por la acción ofensiva de poderosos
enemigos exteriores, sino, sobre todo, por la falta de fe y de verdadera
vida interior.
Mientras los cristianos no adquiramos esa clara conciencia, que nos
falta, de la realidad; mientras un santo temor no agite nuestras almas
y avive nuestras voluntades; mientras, en suma, no nos encaremos vitalmente
con la verdad histórica de nuestro tiempo, seguiremos probablemente entregados
al alegre y confiado juego del "hacer que se hace", que tantas satisfaciones
debe esta produciendo al príncipe de las tinieblas
Estamos viviendo de nuevo una época de derrota moral, parecida a la que se produjo en la cristiandad después de la caída del Imperio romano. Conocido es el pesimismo social que caracteriza a los filósofos cristianos de la antigüedad. Aunque se haya exagerado mucho la desconfianza agustiniana hacia los recursos naturales de la Humanidad, parece probado que los cristianos de la alta Edad Media, forzando quizás en un sentido unilateral el pensamiento de San Agustín, pusieron el acento sobre el pecado original y sus consecuencias destructoras en todos los órdenes. Desconfianza hacia la razón y hacia la posibilidad de un orden social conveniente y moral; necesidad de que lo sobrenatural supla en todos los terrenos, incluso los meramente temporales, la radical deficiencia del orden natural; teocracia en el dominio político y fideismo en el dominio intelectual. RETORNO A SANTO TOMAS
Si el hombre de hoy no cree en Dios, es porque empieza por no creer en sí mismo. Dejándose llevar de ciertas corrientes del pensamiento contemporáneo, se llegaría a perder la fe en la propia sustancialidad. uno se quedaría sin el "yo", relegado a la categoría de accidente, sin poder ser ya sujeto de ninguna oración, ni siquiera de la que expresase la duda universal —el "yo dudo de todo"— porque hasta para dudar hay que existir. Saber a ciencia cierta, sin "cogitos" ni silogismos, "que se es", que se es un yo substante y no un puro accidente hecho de la madera de los sueños –como decía Unamuno citando a Shakespeare—, he aquí el primer artículo de la fe filosófica, sin la cual la fe política y la otra, la verdadera fe, la fe religiosa, no hallan donde asentarse. Santo Tomás fué eso: el equilibrio de la razón coronada por la fe. Y por eso sigue constituyendo el escándalo de los locos y de los desazonados mentales. Un equilibrio que no excluye la angustia ni el misterio, pues la posibilidad
de condenarse y la incapacidad de agotar la realidad con nuestro pobre
conocimiento siempre subsisten, siempre deben permanecer a nuestra vista.
Sin un adviento purificador que nos vacíe de nosotros mismos —de nuestros egoísmos individualistas, de nuestros prejuicios de clase, de nuestras estrecheces nacionalistas—, no estaremos en condiciones de cumplir el deber político y social que la hora reclama. |
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