«En los mismos bancos van a sentarse pues el homo faber y
el homo sapiens, van a escuchar juntos las mismas disertaciones,
van a ser sometidos a un mismo régimen de enseñanza»
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Bachillerato técnico en Francia
Un decreto y varias órdenes recientemente emanadas del Ministerio de Educación
Nacional francés, han abierto las puertas de la Universidad y de las grandes
Escuelas Especiales a los alumnos de la enseñanza técnica secundaria en
aquel país. La medida tiene un valor social muy significativo y representa,
en el campo de la cultura, una verdadera revolución de la segunda enseñanza.
Aunque por el momento no se prescinde por completo de las llamadas humanidades
modernas (lenguas vivas y ciencias) los programas del nuevo bachillerato
atribuyen una gran importancia a las cuestiones técnicas e industriales
y a las prácticas de taller. «Mañana -dice el comentarista de la revista
«Etudes», André Ravier- bastará remover los coeficientes, sin tocar a la
naturaleza de las pruebas ni a su número, para que el candidato encuentre
más ventajoso trabajar con habilidad el hierro o la madera que pensar con
justeza o expresarse con arte». Se trata, pues, de una victoria de «lo
industrial» sobre «lo intelectual» muy característica del tiempo que vivimos.
Durante unas docenas de años había venido desarrollándose en Francia,
como en España la polémica de las humanidades, entre los partidarios de
la formación clásica y los defensores del bachillerato moderno, en el que
las ciencias y los idiomas habían de ocupar el primer plano. Como en la
discusión de los galgos y los podencos, ambas opiniones han sido ahora
audazmente sobrepasadas y nos encontramos frente a un nuevo tipo de bachillerato
en que el trabajo manual, la inteligencia práctica, constituirá el principal
elemento educativo del joven.
Pero cabe preguntarse si el resultado de la experiencia será bueno
o si, por el contrario, no llegará a producirse a consecuencia de la misma,
una grave confusión en el seno de las Facultades francesas. En efecto,
desde este momento vendrán a reunirse en las aulas de la enseñanza superior
dos clases de alumnos: aquellos que, procediendo del mundo laboral, han
aprendido, sobre todo, a estimar el esfuerzo mecánico y el trabajo material
del hombre, y aquellos otros cuyas almas han sido conformadas según modelos
virgilianos. En los mismos bancos van a sentarse pues el «homo faber» y
el «homo sapiens», van a escuchar juntos las mismas disertaciones, van
a ser sometidos a un mismo régimen de enseñanza y de esta penosa elaboración
pedagógica deberán salir las clases directoras del pueblo francés.
El experimento no va a ser de fácil realización; los profesores universitarios
verán sometidas a dura prueba sus cualidades magistrales. Se trata, en
definitiva, de un atrevido paso hacia un auténtico humanismo integral según
la fórmula escolástica: «Razón y manos tiene el hombre». En ese sentido
merece toda la atención de quienes crean en el advenimiento de tiempos
nuevos.
Acaso el ensayo no haya sido suficientemente madurado -así lo apuntan
algunos comentaristas-. Tal vez hubiese sido mejor plantear el problema
con mayor amplitud y decisión, sin recurrir al artificio de enmascararlo
tras un simple cambio de programas. Pero no puede negarse interés social
y cultural a la medida. ¡No fuera más que como signo del continuo progreso
de la técnica, de su avance incontenible dentro del dominio mismo de la
cultura y del pensamiento humano, y ya se prestaría a un sinnúmero de sabrosas
consideraciones! Por otra parte la experiencia francesa tiene para nosotros
una gran importancia, desde el momento en que se ha comenzado también a
hablar en España de un bachillerato laboral. No sería inoportuno recoger,
a este respecto, los resultados del interesante experimento que se aprestan
a realizar nuestros vecinos franceses. |
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1948/06/12 |
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La Voz de España |
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