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¿Se está iniciando la fase final de la Historia del Mundo?Como si fuese poco el haber vivido una larga guerra -"más violenta, más extensa y más cruel que ninguna otra"-, nos hallamos ahora ante este invento extraordinario que arrastra la atención universal y nos hace pensar, no sin fundamento, en la iniciación de una fase final, apocalíptica, en la Historia de la Humanidad.¿Somos, acaso, una generación privilegiada? ¿No basta lo que ya hemos visto para colmarnos de vida y de historia? Acaso estemos destinados a presenciar el espectáculo final, la última escena, la mejor, sin duda, del drama de la vida humana... Casi nadie se permitía pensar seriamente de esta manera hasta hoy. Sólo los literatos que cultivan el género futurista, un tanto desacreditado ya, desde el momento en que la realidad ha superado en mucho casi todas sus creaciones fantásticas. Sin embargo, el nuevo descubrimiento que acaba de anunciarse por los norteamericanos, en forma manifiestamente suasoria -diganlo si no los supervivientes de Hiroshima- nos autoriza a hablar en estos términos sin peligro de ser calificados de visionarios. Parece que el hombre culmina en sus afanes destructores. Pulverizaba ayer rocas, partículas y moléculas. Comienza hoy a romper átomos, protones y electrones. ¿Mañana?... Mañana habrá aprendido a deshacerlo todo y desbaratará para siempre este planeta que fue tan grato de vivir en otros tiempos... Hasta hace poco tiempo el átomo permanecía indestructible como un término ideal a los intentos vesánicos del hombre. Hoy, el mismo vocablo "átomo" resulta trasnochado, pues su significado etimológico "indivisible" está reñido con las experiencias de los sabios. Y ocurre con él lo que con tantas otras palabras, que persisten todavía a pesar de haber perdido todo contacto con la realidad. Son como prendas cursis con las que seguimos vistiéndonos hasta que el sastre nos fabrica unas nuevas. El átomo ha dejado de ser átomo. La materia ha sido desintegrada, o dicho aún con más exactitud, se ha avanzado un paso más en el camino de la desintegración de la materia. Los físicos suponen que la materia está formada por moléculas. Todo el mundo lo sabe ahora y es casi redundancia el decirlo. Una molécula es algo tan pequeño que resulta imposible imaginársela: en un metro cúbico "lleno" de moléculas cabrían por ejemplo cuarenta billones de estas enanas, número tan elevado que ya no nos dice nada sensible. Cada molécula consta a su vez de unos cuantos átomos, relativamente pocos: tres el agua, catorce el nitrobenceno. Cada átomo, en fin, está formado por protones, cargados de electricidad positiva, electrones, cargados de electricidad negativa y neutrones, eléctricamente neutros. El átomo de hidrógeno está integrado por un protón y un electrón; el átomo de uranio por noventa y dos protones y otros tantos electrones, a más de ciento cuarenta y ocho neutrones. Son los dos extremos de la escala de los cuerpos simples conocidos. El núcleo, constituído por los protones y neutrones, es como un pequeño sol, innúmeras veces microscópico, alrededor del cual giran, semejantes a diminutos planetas, los electrones. Las acciones eléctricas entre el núcleo y los electrones los mantienen unidos y hacen del átomo un conjunto, en general, bien equilibrado y estable. Pero no siempre reina la paz en estos universos infinitesimales. Casi
desde comienzos de siglo se sabe, por ejemplo, que el polonio, el radio
y el actinio son cuerpos en "desintegración". Esta palabra fue usada por
primera vez en un momento de singular emoción científica (la experiencia
de Ramsay en 1904) para designar la destrucción espontánea del átomo. Por
un fenómeno de desequilibrio, el átomo de uranio, por ejemplo, despide
de su núcleo hasta diez de sus protones y otros tantos electrones y queda
finalmente convertido en plomo. Es un largo proceso de empobrecimiento
que dura más de cuatro mil cuatrocientos millones de años, en el curso
del cual el uranio va "trasmutándose" -he aquí un vocablo de la vieja terminología
alquimista que hoy revive- pasando por estados intermedios en los que se
llama sucesivamente jonio, radio, polonio...
Fué primero Rutheford en Cambridge. Más tarde Kirsch, Schimidt y Petterson en Viena. En 1930 Curie, Joliot y Chadwick. En 1932 Cockeroft y Walton en Cambridge y Lawrence y Livingston en California... Experiencia tras experiencia y esfuerzo tras esfuerzo se ha ido abriendo el camino para llegar al éxito, un poco escalofriante de hoy. El procedimiento seguido para alterar la estructura de un átomo es en síntesis el de un bombardeo. Bombardeando una película de litio, berilio y carbón con protones lanzados a la velocidad de 10.000 kilómetros por segundo se logra, por ejemplo, hacer que la película despida algunos de sus propios protones, quedando trasmutada la materia que la forma. ¡Para dar salida a una sola partícula protónica se precisaban mil millones de proyectiles de la misma naturaleza, es decir cantidades fabulosas de energía! Esta operación se realiza mediante gigantescas máquinas electrostáticas, capaces de producir diferencias de potencial de diez millones de voltios y chispas de varios metros de longitud. ¿Se ha llegado, tal vez, siguiendo este procedimiento a fabricar "estructuras inestables" capaces de deshacerse luego devolviendo en un sólo instante la energía que se empleó en su formación? Si es así nos hallamos todavía en los pórticos del gran invento: esta suerte de "tiragomas atómico" no merecería aún la atención expectante que se le ha prodigado. Pero, si se juzga por los términos de las declaraciones publicadas, se trata de algo verdaderamente nuevo. Hemos de suponer que se ha llegado ya al punto álgido, a la médula del problema: a provocar en los cuerpos semiestables y de elevado número de protones un desequilibrio de tal intensidad que en un breve espacio de tiempo llegue a operarse en ellos el proceso completo de su desintegración y al consiguiente desprendimiento de energía. Cuanto se ha dicho sobre la violencia de las explosiones de Hiroshima
es perfectamente verosímil y existen datos experimentales en número suficiente
para sustentar un juicio a este respecto.
Aun en el caso de que no se haya llegado a la total desintegración,
la simple suposición de que se haya podido aprovechar una fracción sensible
de la misma, empequeñece todo cuanto hasta ahora haya podido soñarse sobre
las posibilidades energéticas de la Humanidad. Casi quedan justificadas
cuantas afirmaciones sensacionales vienen haciendo las agencias periodísticas.
El átomo es, según esto, la fuente de energía más poderosa que se conoce
y, en realidad la única que permite explicar ciertos fenómenos siderales
como, por ejemplo, el calor solar.
Aún en el supuesto de que el astro central fuese una gran bola de hulla en combustión, se hubiera consumido por completo en un par de miles de años. Los sabios admiten hoy que el sol es una gigantesca bomba atómica, es decir una masa en que se opera la desintegración, trasformándose en energía cinco millones de toneladas por segundo. Se calcula que en el centro del sol la temperatura es de 40 millones de grados y la presión de 1.330 millones de atmósferas. Estas cifras pueden dar una idea de lo que es un foco de desintegración en funcionamiento. Hasta qué punto el efecto de la bomba atómica pueda ser lejanamente comparado con los fenómenos de la desintegración solar es algo que no podemos saber, naturalmente. Baste decir que la calidad del hecho es la misma y que, por tanto, disponemos de algún elemento de juicio para indagar lo que allá en el centro de la desdichada ciudad oriental haya podido ocurrir. Extraordinaria elevación de temperatura, irradiación calorífica capaz de agostar la vida en una gran extensión de terreno. Presiones fantásticas, tal vez de millones de atmósferas, ondas explosivas de efecto destructor nunca igualado. Irradiaciones protónicas y electrónicas, de gran potencia química. Tampoco es de desdeñar la hipótesis de que estas irradiaciones al bombardear las masas circuncantes al lugar de la explosión inicial hayan podido transmitir a ellas el fenómeno de la desintegración, acrecentando las proporciones del cataclismo en todos sus aspectos. No debe llegarse a suponer que el desequilibrio, una vez iniciado pueda extenderse a todo el planeta hasta llegar convertirlo en un sol de pequeñas proporciones, en un infierno inhabitable. No se ha llegado todavía a eso pero todo se andará... si la burra no se muere. El efecto destructor del nuevo invento es, por tanto, formidable y temible.
Comienzan a surgir voces de protesta por su empleo y la generalidad de
los comentaristas se expresan con un tono de tristeza y de preocupación
perfectamente explicables. La gente ha comenzado a asustarse, en buena
hora, de la Técnica, nueva divinidad, Moloch amenazador, que amaga devorar
a la Humanidad pacífica.
No creemos en la posibilidad de que por el momento pueda ser aprovechada
la energía atómica en beneficio de la sociedad humana.
En esta situación nos hallamos. La fiera atómica ha sido descubierta. Pero ahora hay que domarla... si no nos devora ella antes. |
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