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Un intelectual prácticoCuando en los años cuarenta, tuve la suerte de conocer a Rovirosa, su vocación obrerista católica estaba ya perfectamente definida.Profundo creyente, su fe le llevaba, no al ensimismamiento como ocurre en algunos casos, sino a una actividad esforzada al servicio del movimiento social cristiano. ACO y HOAC fueron sus campos de acción preferidos. El fue, sin duda,
uno de los principales impulsores de estas asociaciones eclesiales, cuyo
espíritu e ideología contrastan vivamente con el "nacional-catolicismo"
entonces imperante en el Estado español.
Rovirosa era un gran animador y un excelente comunicador de ideas. En sus viajes de trabajo a lo largo y ancho de España —a los que él llamaba sus "tournées"— se dedicaba a despertar a la gente trabajadora formando grupos de estudio y centros de acción católica obrera con los que luego se mantenía en permanente contacto. Resulta difícil explicar hoy el coraje y la valentía que en aquel tiempo exigía ese trabajo, desarrollado, en cierto modo, en oposición a un catolicismo oficial adormecido por su alianza con el poder. Nuestro hombre era plenamente consciente de este adormilamiento y de las pésimas consecuencias que el mismo traía para nuestra vida religiosa y social. En una carta que me escribía a principios de 1954 me hablaba precisamente,
con su habitual ironía, del "baño de agua tibia en que duerme eléxtasis
de los católicos españoles". Una falsa y perezosa confianza, una especie
de inflación religiosa, contra la que según él decía, teníamos que luchar
todos denodadamente.
Es cierto que la primavera democrática tardó mucho más en llegar de
lo que Rovirosa se suponía y que no fue quizás la que el soñaba en aquellos
días. Pero ese modo de pensar y de actuar de Rovirosa, en el que se conjugaba
su inflexible realismo con un optimismo cristiano a prueba de bomba, era
muy típica de él.
En las conversaciones católicas internacionales Recuerdo perfectamente las intervenciones de Rovirosa en las Conversaciones católicas internacionales que se celebraron en San Sebastián entre los años 47 y 59. Uno de los objetivos de estas Conversaciones era justamente el de romper el aislamiento en que yacía el catolicismo español como consecuencia de la guerra civil, al que antes hemos hecho referencia. Pero el principal interés de dichas sesiones radicaba tal vez en los temas de discusión elegidos, los cuales eran casi siempre temas de batalla —por decirlo así— que hacían rabiar un poco a los integristas, sobre todo por la libertad y sinceridad con que eran tratados. En aquellas reuniones tomaban parte destacados pensadores católicos europeos, teólogos, escritores, profesores, algunos de los cuales habían de jugar después un importante papel en el Concilio Vaticano II. La presencia de Rovirosa entre aquellos señores y su modo de dialogar con ellos era un fenómeno curioso del que nunca me olvidaré. Solía permanecer callado durante las tres o cuatro primeras sesiones escuchando las disquisiciones con la mayor atención. Pero a un momento dado, una vez captadas las ideas esenciales que allí debían debatirse, tomaba la palabra atrayendo curiosamente la atención de todos. "Todo eso que han dicho ustedes es muy sabio y está muy bien. Pero ahora les va a hablar a ustedes este ignorante, este 'homme de rue' que soy yo, porque también desde la calle hay mucho que decir a propósito de todo ello". Y efectivamente lo decía, y lo decía en general con gran éxito, porque a través de sus palabras parecía que entraba un poco de aire callejero en aquel docto cónclave. Algunos "conversadores" extranjeros me hablaban ocasionalmente de la
admiración que despertaba entre ellos la figura de Rovirosa. "Nosotros
contamos con dirigentes obreros católicos muy apreciables. Pero la calidad
de este hombre que ustedes tienen es excepcional" —me decían sin el menor
ánimo de adulación.
A los que le conocimos y fuímos sus amigos nos trae también, en estos tiempos posmodernos de confusión y escepticismo, algo así como una racha de claridad y de simplicidad cristianas. |
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