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El desarme de las concienciasSUMARIOI. Necesidad e insuficiencia del desarme material. II. El desarme moral o desarme de las conciencias. III. Paz armada y psicosis de guerra.
2. La guerra de las ondas. 3. La guerra fría. 4. El miedo, causa de la carrera de armamentos.
2. La mutua confianza, única salida posible. 3. Razones que apoyan esta política de mutua confianza. 4. Perspectivas actuales del desarme moral. En el capítulo anterior se ha expuesto la doctrina de la Pacem in terris sobre el desarme, es decir, la disminución o supresión de los armamentos. No debe creerse que este desarme, del que se viene hablando hace muchos años, sea una simple utopía. Procediendo paso a paso y dentro de las garantías necesarias de mutua seguridad, el desarme puede y debe ser llevado a cabo en nuestro tiempo y convertirse en un medio eficaz de pacificación del mundo. A pesar de la inutilidad de los innumerables intentos anteriores, los papas no han cesado de hablar del desarme como de un quehacer urgente y realizable. Sobre la posibilidad real del desarme decía, por ejemplo, Benedicto XV —por medio de la Secretaría de Estado— en 1917: «Se ha dicho, en particular, que el desarme recíproco y simultáneo debe ser puesto entre las aspiraciones irrealizables, destinadas a un seguro fracaso. Es cierto que el desarme es deseado por todos sin excepción como el único medio de alejar el peligro de la guerra, de remediar las dificultades financieras de los Estados y de impedir las convulsiones sociales que, sin esta medida, nadie podría evitar. Pero, desde el momento en que se trata de determinar el medio o la manera de realizar este desarme, cesa el acuerdo. No dudo en reconocer francamente que ninguno de los sistemas considerados hasta el presente es verdaderamente práctico. Y, sin embargo, este sistema práctico existe» (carta de la Secretaría de Estado a Mons. Chesnelong, arzobispo de Sens.). (El documento continúa proponiendo la supresión, de común acuerdo, del servicio militar obligatorio y otras medidas). Hoy puede razonablemente conservarse y reafirmarse la esperanza de que dentro de un futuro próximo puedan obtenerse algunos resultados tangibles en este terreno. Así parece indicarlo, por ejemplo, el reciente pacto de Moscú, saludado por Radio Vaticana, como «una buena noticia». «El acuerdo de Moscú no es todavía la paz. Sus límites son evidentes. Sin embargo, suscita una ola de esperanza. Es un hecho, una realidad, y una realidad positiva, sobre todo si se le considera en relación con las innumerables tentativas anteriormente fracasadas» —declaraba la Radio Vaticana—. «El deseo de asegurar la paz por medio del desarme ha prevalecido sobre la tentación de confiar la seguridad a la violencia y a la fuerza. Los hombres han realizado un gesto de confianza recíproca», y esto es muy importante. «Basta con que los autores del pacto piensen en la intensidad y en las dimensiones de la esperanza y de la aprobación que han suscitado en el mundo con este acuerdo para que se sientan estimulados a continuar por el mismo camino»1. En efecto, la confianza mutua y la fe en el empleo de los medios pacíficos y la esperanza en una organización más justa y amistosa de las relaciones internacionales tienen, quizás, más importancia que los resultados que pueden seguirse del acuerdo inmediatamente. Hay ciertamente algo más importante todavía que el desarme material, y es el desarme de los espíritus, la conversión de las conciencias a una actitud más conciliante y mejor dispuesta hacia la colaboración pacífica entre los hombres. En su mensaje de primeros de julio de 1963 a los jefes de Estado inglés, ruso y americano, y al secretario de las Naciones Unidas, Su Santidad Pablo VI se expresaba en estos términos: «La firma del tratado para la prohibición de las experiencias nucleares toca profundamente nuestro corazón, porque vemos en ella una prueba de buena voluntad, un gaje de concordia y una promesa para un porvenir mejor»2. «El acuerdo tripartito de Moscú no es tan importante por las disposiciones técnicas que contiene como por el hecho de que constituye un primer paso en el comienzo del desarme moral», declaraba poco después de la firma del tratado el Sr. Spaak, ministro belga de Asuntos Exteriores. El «desarme moral», del que vamos a ocuparnos en este capítulo es, en efecto, la condición esencial de una pacificación efectiva del mundo contemporáneo. La limitación o supresión de los armamentos, es sin duda alguna, una medida necesaria en el actual estado de cosas, pero por sí misma no bastaría en ningún caso para asegurar una paz duradera. El desarme moral y el desarme material son dos tareas que deben desarrollarse paralelamente y que se relacionan muy estrechamente entre sí. Así, la simple existencia de un material de guerra tan poderoso como el actual y de una organización de la investigación y la fabricación bélicas tan perfectas como las que hoy poseen los principales Estados mundiales, son por sí mismas una tentación y una amenaza constante contra la tranquilidad y el equilibrio mental de los pueblos. «La multiplicación amenazadora de los ejércitos es más propia para excitar que para suprimir las rivalidades y los recelos, y turba los espíritus a causa de la inquieta espera de los acontecimientos...», decía León XIII3. Independientemente de los gastos que el armamento origina y de su potencia
destructiva, que en cualquier momento puede ser puesta en juego, la existencia
del mismo produce, como consecuencia marginal, esa turbación de los espíritus;
fenómeno psicológico parecido, si no idéntico, a lo que hoy llamamos la
guerra fría. Si en 1889 podía el Papa hablar en esos términos, ¿qué no
debería decirse hoy, teniendo en cuenta que la existencia de medios de
información y propaganda, mucho más poderosos que los del siglo pasado,
aumenta el miedo y multiplica los temores hasta llevar a las masas a una
especie de locura colectiva?
Los puros medios tienden, en efecto, a erigirse en causas o en fines de las acciones humanas. La civilización técnica de nuestro tiempo presenta muchos ejemplos de
esta interacción entre medio y fin. «En realidad, el medio reacciona sobre
el fin y lo modifica en virtud de esa simple ley psicológica que hace que
cada uno quiera en proporción a lo que realmente puede, es decir, que alguien
descubre la existencia de un fin en el momento mismo en que se sienten
en posesión del medio que le permitirá alcanzarlos»4.
El desarme material es, pues, sin duda alguna, un paso necesario para la paz; pero esto no significa que sea suficiente para asegurarlas, y de hecho no lo es, ya que las verdaderas causas de las guerras son mucho más profundas que las puramente técnicas, y sus remedios deben serlo también. «Durante demasiado espacio de tiempo se ha visto en el problema de la limitación de los armamentos un problema puramente técnico, a pesar de que se trata, sobre todo, de un problema moral —dice Guido Gonella7—. Antes de desarmar los ejércitos es menester desarmar la psicología de guerra, educar las conciencias en la persuasión de que la paz no sólo es posible, sino que es además obligatoria». Ya en 1921, cuando, apenas firmados los tratados que ponen fin a la primera guerra mundial (Versalles 1919, Saint-Germain 1919, Neuilly 1919, Trianon 1920, Sèvres 1920), los aliados acaban de decidir la ocupación de la cuenca del Ruhr y el Gobierno alemán se resigna a aceptar el pago de 132.000 millones de marcos-oro de reparaciones en treinta anualidades, el papa Benedicto XV afirma de modo solemne que «la paz inscrita en los documentos solemnes no ha sido acompañada de la paz de las almas, ya que casi todas las naciones, las de Europa sobre todo, siguen estando desgarradas por desavenencias, y éstas son tan agudas que exigen de modo cada vez más imperioso la intervención directa del Dios de misericordia...»8. Y muy poco después, su sucesor Pío XI9, insiste sobre la misma idea, afirmando que, aunque la paz o las paces hayan sido ya firmadas en los documentos diplomáticos, esta acción no servirá para nada si al mismo tiempo no se deponen los odios y los recelos mutuos, si no desaparecen las pasiones bélicas, terriblemente peligrosas para la sociedad. El mal de la guerra viene de más adentro, proviene del interior del hombre —dice citando al evangelista San Marcos (7,23)—, y por eso la paz debe ser establecida en las almas antes que en ningún otro lugar; objetivo, sin duda, mucho más difícil de lograr que la firma de unos tratados, y más lejano también, pero al mismo tiempo más profundo y más eficaz. «Es cierto que un pacto solemne ha sellado la paz entre los beligerantes —dice el Papa—; pero esta paz consignada en instrumentos diplomáticos no ha sido grabada en los corazones». «Durante un tiempo demasiado largo ha venido triunfando el derecho de la fuerza. Insensiblemente se han ido embotando los sentimientos de bondad y de misericordia puestos por la naturaleza en los corazones de los hombres y que la ley de la caridad cristiana perfecciona. La reconciliación en una paz completamente artificial, y no real, no ha logrado, ni mucho menos, volver a honrar estos mismos sentimientos, y el odio mantenido durante muchos años ha creado una especie de segunda naturaleza en la mayoría de la gente». Y todavía en 192310, Pío XI insiste en la idea de que, «en todos los países que han participado en la última guerra, los viejos odios no se han extinguido todavía; al contrario, siguen afirmándose sordamente tanto en las intrigas de la política y en las fluctuaciones del cambio como en el terreno de la prensa cotidiana y periódica. Incluso invaden dominios que por su misma naturaleza solían estar al margen de los conflictos agudos, tales como el arte y la literatura». Como consecuencia de esta situación, «las enemistades y los ataques recíprocos entre Estados impiden respirar a los pueblos» y crece el peligro y el temor de «nuevos y espantosos conflictos». Los acontecimientos vinieron pronto a dar la razón al Papa, ya que aquellos tratados se inspiraban en un propósito de venganza o de revancha y no en un verdadero deseo de reconciliación. Era una paz que deliberadamente ignoraba las razones todas de una de las partes, incapaz, por lo tanto, de hacer olvidar los odios y de crear una situación justa, sin vergonzosas diferencias, entre vencedores y vencidos, y que no tardó en desatar, del lado de éstos, una nueva ola de violencia11, dando lugar a que todo el edificio construido sobre tan falsos cimientos se viniese abajo en poco tiempo. «Las naciones no mueren humilladas y oprimidas —decía Benedicto XV12 —; soportan irritadas el yugo que se les impone al mismo tiempo que preparan la revancha y se transmiten de generación en generación una triste historia de odio y de venganzas». El desarme moral o desarme de los espíritus Las anteriores consideraciones nos introducen en el tema de este capítulo, es decir, en el estudio de lo que algunos han llamado el desarme moral, el desarme de los espíritus. En la Pacem in terris, después de haberse referido detalladamente al desarme material, el papa Juan XXIII toca este tema —de pura medula evangélica— con gran sencillez y sentido práctico. «Todos deben, sin embargo, convencerse —dice— de que ni el cese en la carrera de armamentos, ni la reducción de las armas, ni, lo que es fundamental, el desarme general son posibles si este desarme no es absolutamente completo y llega hasta las mismas conciencias» (PT 113)13. El desarme de los espíritus, de las almas, de las conciencias aparece, pues, aquí como una condición indispensable14 para el logro de un desarme material efectivo y, más aún, como el único verdadero desarme, el desarme integral, que puede asegurar al mundo una paz verdadera15. Pero claro está que tal operación no puede llevarse a cabo en ningún caso sobre una base artificial y, menos aún, sobre una base falsa: el auténtico acuerdo entre los hombres, la verdadera fraternidad, sólo puede lograrse dentro de un esfuerzo común por aproximarse junstos a la verdad y a la justicia, que son los genuinos fundamentos de la paz16. Podrán exigirse sacrificios de intereses particulares17 o limitar el esfuerzo a aquella parte de verda o de justicia que en cada caso sea moralmente posible alcanzar, pero nunca cabrá esperar una sincera y real solidaridad a expensas y en oposición de la verdad o de la justicia. De aquí que la idea de la «coexistencia a toda costa» sea inadmisible y enteramente extraña al pensamiento de los papas18. En el genuino desarme de las conciencias se trata de lograr un real y efectivo progreso moral; un progreso que aun siendo relativo, no implique en ningún caso concesiones a error o a la justicia. El trabajo de aproximación entre los hombres y de pacificación de las conciencias no puede, pues, hacerse de ningún modo a expensas de los principios, pero sí extremando la comprensión y la capacidad de diálogo entre los hombres. Juan XXIII ponía delicadamente en evidencia estos matices al hablar del diálogo con los cristianos separados, y esas mismas consideraciones podrían quizá ser aplicables también al diálogo político entre los hombres de buena voluntad19. Ahora bien, la verdad y la justicia están por encima de todos los hombres y no son el patrimonio exclusivo de ninguna raza, pueblo o partido. El tratar de imponer a los demás una paz fundada en «nuestra verdad», en «nuestra justicia», sin empezar por reconocer los propios errores y las propias injusticias, hace imposible todo diálogo, toda solidaridad verdadera. De esta manera se destruye en su mismo origen la mutua confianza y el espíritu de buena voluntad. «El momento presente —decía Pío XII en 194520— requiere imperiosamente la colaboración, la buena voluntad, la confianza recíproca de todos los pueblos. Los motivos de odio, de venganza, de rivalidad, de antagonismo, de competencia desleal y de falta de honradez deben mantenerse al margen de los debates y de las decisiones políticas y económicas. ¿Quién puede decir —añade con la Sagrada Escritura21—: «Tengo la conciencia limpia, estoy exento de faltas»? Emplear dos pesos y dos medidas es cosa que causa horror a Dios». «El que exige la expiación de las faltas por el justo castigo de los criminales a causa de sus delitos, debe tener un cuidado inmenso en no hacer él aquello mismo que condena en los otros como falta o como delito». «En esta guerra —decía Pío XII en 1943— se hace depender a menudo el juicio moral sobre determinadas acciones que hocan con el derecho y las leyes de humanidad, del hecho de que los responsables de ellas pertenezcan a una o a otra de las partes en conflictos»22. En la situación actual es muy corriente también que los hechos sean juzgados con una parcialidad manifiesta y descarada, condenándose en masa la actitud del bloque contrario sin querer reconocer los elementos de verdad o de justicia que pueda haber en ella, y que son los únicos sobre los que debería asentarse un intento de pacificación verdadera. Sólo estos elementos podrían ciertamente servir como cimientos del futuro punte de la paz. Por esta razón, el primer esfuerzo del hombre pacificador, sea del bando que sea, deberá consistir en superar aquella falsa moral egolátrica, tratando de descubrir todo lo bueno y verdadero que exista en la postura del adversario. La afirmación de entonces podría quizá hacerse extensiva a la actual situación del mundo y al algunos de los acontecimientos de los últimos años. Más grave aún que el enjuiciamiento partidista de los hechos en su deformación
sistemática o su utilización para incitar a los hombres al odio, a la animadversión.
Evitar este proceder es un deber gravísimo de los periodistas y publicistas,
en el que quizás no se insiste bastante, y una regla de conducta preciosa
para el trabajo de reconciliación y desarme moral. «Todo el que quiera
ponerse lealmente al servicio de la opinión pública debe evitar absolutamente
toda mentira, toda excitación. ¿No es evidente que semejante disposición
de espíritu y de voluntad reacciona eficazmente contra el clima de guerra?»23
Un ejemplo típico de deformación de noticias al servicio del espíritu bélico, y que data ya de la guerra del 14, es el que cita Maigret en su obra La guerre psychologique (Presses Universitaires) con el caificativo de «serpiente de mar». Se refiere al episodio de la rendición de Amberes. La Kölnische Zeitung escribía entonces: «Cuando se anunció la caída de Amberes, las campanas de todas las iglesias fueron lanzadas al vuelo (en Alemania)». Esta información relativa a un hecho en sí mismo insignificante y normal sufrió el siguiente proceso de deformación sistemática: Le Matin: «Según la Kölnische Zeitung, el clero de Amberes ha sido obligado a hacer tocar las campanas después de la toma del fuerte». Times: «Según las informaciones que Le Monde ha recibido de Colonia, los sacerdotes belgas que se han negado a tocar las campanas después de la toma de Amberes han sido eliminados de sus puestos». Corriere della Sera: «Según las informaciones que el Times ha recibido de Colonia, vía París, los desgraciados sacerdotes que se negaron a tocar las campanas después de la toma de Amberes han sido condenados a trabajos forzados». Le Matin (bis): «Según las informaciones del Corriere della Sera, vía Londres, se confirma que los bárbaros vencedores de Amberes han castigado a los desgraciados sacerdotes de Amberes por su negativa heroica a tocar las campanas de las iglesias, colgándoles de las campanas como badajos con la cabeza hacia abajo». Como éste, cuántos otros ejemplos parecidos no podrían citarse, y, entre ellos, también algunos que afectarían directamente a la conducta periodística de «los nuestros» en momentos bélicos. No sólo la prensa, sino todo el instrumental propagandístico es utilizado inteligentemente por los mandos psicológicos para la activación de la desconfanza, del temor, del odio, de la cólera y de todas las demás pasiones colectivas que preparan el clima de la guerra y sostienen el espíritu combativo una vez que ésta ha estallado. El primer paso del desarme moral debe consistir precisamente en la lucha contra esos métodos destructivos de la opinión pública, y esta lucha debe hacerse «unánimemente», sin distinción de bandos ni de bloque, porque es un imperativo de la razón y sus beneficios han de alcanzar a todos. Para lograr el desarme de las almas hay que esforzarse en «colaborar cordial y sinceramente en eliminar de los corazones el temor y la angustiosa perspectiva de la guerra» (PT 113), dice Su Santidad Juan XXIII en la Pacem in terris. Paz armada y psicosis de guerra En 1894, el papa León XIII hablaba ya de lo que entonces se llamó, la paz armada. «Desde hace bastantes años se vive en una paz más aparente que real. Obsesionados por mutuas sospechas, casi todos los pueblos impulsan cuanto pueden sus preparativos de guerra... No es posible ya seguir llevando por mucho tiempo las cargas de esta paz armada»24. La misma expresión fue utilizada por su sucesor el santo pontífice Pío X, al mismo tiempo que propugnaba una acción pacificadora destinada al desarme de las conciencias. «Promover la concordia de los espíritus, refrenar los instintos bélicos, evitar los peligros de guerra y luchar incluso contra las inquietudes de lo que se ha dado en llamar la paz armada es una noble empresa, y todo lo que tienda a este resultado, aunque sea sin alcanzarlo inmediatamente y completamente, constituye un esfuerzo glorioso para sus autores y útil al interés público»25. El uso de armas psicológicas La expresión paz armada sería también aplicable, en mucha mayor medida aún que entonces, a la situación de hoy; pero, además, se hace necesario hablar de psicosis de guerra, de utilización de armas psicológicas, porque esta terminología responde a hechos, si no enteramente nuevos, sí extraordinariamente agravados por el desarrollo técnico y el proceso ideológico de la humanidad. Independientemente de las enormes dificultades doctrinales y de las desviaciones del pensamiento contemporáneo, los espíritus están envenenados por una campaña continuada de atemorización sistemática, con la que se trata de mantener al mundo entero en tensión. Luchar contra este estado de cosas es también hoy la obligación primordial
de los amantes de la paz, según las palabras que hemos citado de Su Santidad
Juan XXIII. Pese a la grave tensión ideológica que separa al mundo, los
espíritus deben ser «desmovilizados»; es decir, hay que suprimir las barreras
del odio y la mentira, que impiden que los hombres de buena voluntad puedan
colaborar honradamente entre sí.
La última guerra, como la del 14 conoció una amplia preparación psicológica, desplegada con toda clase de podersoso recursos técnicos. Después de la guerra, los militares fueron desmovilizados, pero no así las conciencias. Estas siguen en pie de guerra, aunque los frentes ideológicos hayan cambiado notablemente en el transcurso de las dos últimas décadas. La utilización de «armas psicológicas» para preparar la atmósfera de la guerra o, una vez iniciada ésta, para sostener la moral de los propios soldados y destruir la de los adversarios, es tan antigua como la guerra misma. Podrían citarse a este respecto muchos emplos extraídos de los más remotos episodios bélicos de la historia26. Pero la evolución de la historia ha hecho de semejantes ardides guerroeros monstruosos sistemas de coacción colectiva, radicalmente inaceptables para la conciencia moral. La guerra de las ondas En primer, lugar, en el concepto moderno de la guerra total, los efectivos industriales, económicos, culturales y psicológicos de un pueblo tienen quizás más importancia que los efectivos militares. Se lucha para adueñarse del espíritu del adversario con mayor ardor quizás que para dominar su resistencia física. A este efecto se dispone de armas capaces de alcanzar en muy poco tiempo a muchos millones de almas. La radio ha sido en el curso de la última guerra, y sigue siendo actualmente, el arma psicológica por excelencia, aunque no deje de contarse con la propaganda gráfica, el cine y la televisión, de utilización más difícil y limitada. Durante la última guerra se lanzaban por medio de la radio las informaciones con las que se trataba de desmoralizar al adversario y los «slogans» que acrecentaban la voluntad de victoria de los aliados: se fomentaba la esperanza de las poblaciones sometidas a la dominación adversa, se sembraban gérmenes de duda y de desánimo en la retaguardia del enemigo y se daban las consignas secretas a los agentes de las quintas columnas. En una contienda bélica moderna, la guerra de las ondas tiene una importancia decisiva para el éxito final. En el curso de ella, las almas, los espíritus, las conciencias, son sometidas a un bombardeo incesante, a un fuego cruzado, sistemáticamente calculado, que las destruye moralmente, dejando en ellas huellas de angustia y de odio muy difíciles de borrar. Por otra parte, el progreso de la guerra psicológica no se debe solamente a los adelantos logrados en los medios de difusión de ideas, sino también a los descubrimientos realizados en el campo científico sobre los nuevos medios de controlar y dirigir las conductas humanas. La propaganda bélica penetra en el subconsciente de los hombres y agita en ese oscuro dominio impulsos y fuerzas subterráneas que escapan casi al control de la voluntad individual27. De esta manera se puede llegar a crear una opinión pública patológica, que no es el resultado de un proceso sociológico libre y normal, sino «un producto de laboratorio basado en el conocimiento psicosociológico de las multitudes y, sobre todo, en la aplicación deliberada de todos los recursos directos del cosmos psicológico: Pavlov, Tchakholine, Freud y Jung son ampliamente utilizados en este dominio». La guerra psicológica se realiza, pues, a costa de la dignidad y del derecho a la inviolabilidad de la persona humana. Esta es sacudida en su más profunda intimidad y llevada a un estado de enajenación moral que deja en ella huellas profundas y casi imborrables. Los hombres y mujeres que en cualquiera de las situaciones adversas de la historia contemporánea han sido sometidos a ese régimen de intimidación y de perturbación psíquica, llevan casi siempre impreso en su alma el sello del odio y del resentimiento. El trabajo de pacificación moral no debe, pues, luchar solamente con fenómenos sociológicos «naturales» —las inevitables diferencias entre los pueblos—, sino también, y sobre todo, contra los resultados de una serie de acciones técnicas de excitación y distorsión psíquica. Al tratar ahora de «hacer desaparecer el miedo y la psicosis de guerra», como quiere Juan XXIII, se hace necesario restablecer el equilibrio de conciencia enfermas, desviadas, alucinadas, aterrorizadas, deformadas por la propaganda de la guerra, y esto resulta aún más difícil de lograr. La guerra fría Por otra parte, como ya hemos dicho, esas acciones no terminaron con la guerra. Al contrario, la acción psicológica se ha intensificado a partir del fin de ésta. Se entró entonces en el estado de «guerra fría», en el que se han seguido
utilizando las mismas armas psicológicas con mayor intensidad aún, si cabe,
que durante la época de guerra propiamente dicha.
El hombre de hoy se halla bajo la acción de un sistema de propagandas
y contrapropagandas que le hace oscilar constantemente entre el temor de
una catástrofe atómica y la esperanza de un mundo nuevo.
Es legítima, evidentemente, la defensa de un pueblo o de una civilización —en nuestro caso, por ejemplo, de la civilización capitalista occidental— contra la propaganda tendenciosa del adversario ideológico, con tal de que se respete la verdad y la inviolabilidad de la conciencia personal. Pero no lo es nunca la ofensiva, es decir, el empleo de armas psicológicas para atacar y desacreditar el sistema adverso. Tampoco se puede mantener sistemáticamente la tensión, la inquietud, el desacuerdo, la división entre los hombres, para asegurarse la posesión del poder político o económico. «Cuando se trata de la guerra fría, la ofensiva debe ser condenada sin condiciones por la moral», dice Pío XII29. Por encima y más allá de la guerra fría debe, pues, afirmarse la voluntad de reconciliación capaz de dominar las dificultades usuales30. Los detractores de la política de pacificación de la Iglesia, manifestada de modo todavía más sorprendente y audaz en el pontificado de Juan XXIII, representan, pues, un triste papel en este momento, y su labor no «puede» en ningún caso ser eficaz. «Dominar la desconfianza, hacer desaparecer el miedo», es el gran consejo paternal y bondadoso de Juan XXIII en la encíclica que comentamos, y que los dirigentes de los dos bloques parecen algo mejor dispuestos a escuchar en este momento. El miedo, causa de la carrera de armamentos El miedo, es en efecto, el mayor mal que sufre la comunidad internacional contemporánea. La carrera de los armamentos tiene como principal causa —no la única, ni mucho menos— «el miedo recíproco». En gran parte, la coyuntura política actual se halla dominada, mantenida e impulsada por éste. El miedo sostiene las situaciones sociales, económicas y políticas injustas; asegura el poder de los más fuertes a costa de los más débiles; impide el desarrollo normal de la descolonización y de la democratización real de los pueblos políticamente más atrasados. Probablemente, los dirigentes del bloque oriental se hallan también dominados por esta misma pasión, y ello impide la evolución política normal que, aun dentro de la concepción marxista, debería llevar a cabo esos pueblos. En cierto modo, el miedo mutuo es también un motivo importante, aunque poco digno, de la relativa calma actual31. A pesar de todo, esta situación de miedo recíproco puede ser utilizada, puede incluso «servir» para los fines del «desarme moral». Suele ocurrir a veces, en efecto, que, cuando las cosas se llevan al borde de la catástrofe, surge algo así como una reacción de defensa institinta, que permite iniciar la solución de los problemas. Así está quizás planteada la situación en el momento actual: «El abuso de la política de intimidación ha sido llevado al límite de sus posibilidades, y esta circunstancia muestra la oportunidad de una acción en favor de una verdadera y auténtica desmovilización de conciencias»32. Hacia una política de mutua confianza El desarme moral no consiste solamente en combatir el miedo y la psicosis de guerra. No basta, en efecto, con destruir la mentalidad positivista, de izquierdas o de derechas, que pretende hacer consistir la seguridad y el orden únicamente en la superirodiad de las armas. «La existencia de grandes ejércitos y el desarrollo infinito del aparato militar pueden contener durante algún tiempo el empuje enemigo, pero no pueden procurar una tranquilidad segura y estable», decía León XIII en 188933. «La mejor garantía de tranquilidad no es el estar protegidos por un bosque de bayonetas, sino la confianza mutua y la amistad»34. Hay que reemplazar, pues, aquella actitud mental por otra nueva en la que se reconozca la eficacia práctica de las ideas de concordia y fraternidad, de mutua confianza. Si los pueblos han estado sometidos hasta el presente a la propaganda del odio, del temor y de la desconfianza, se hace preciso ahora iniciar una contraofensiva que trabaje justamente con las armas contrarias. La crisis de la desconfianza: su raíz última «Para curar ese morbo espiritual —decía Gonella—35 es necesario ante
todo el desarme moral, llamado a amortiguar las pasiones que estimula la
violencia. Pero el desarme moral ha de venir siempre como consecuencia
de cierto rearme moral». Confianza, ante todo, en el imperio de la ley,
de la razón, de la justicia, de la bondad. «Esto, a su vez, requiere que
esa norma suprema que hoy se sigue para mantener la paz se sustituya por
otra completamente distinta, en virtud de la cual se reconozca que una
paz internacional verdadera y constante no puede apoyarse en el equilibrio
de las fuerzas militares, sino únicamente en la confianza recíproca» (PT
113). Pese a las enormes dificultades que esta tarea presenta, el primer
paso del desarme moral deberá consistir, pues, en el establecimiento de
esta confianza mutua.
El «monumento de la desconfianza» ha sido erigido entre todos, y nadie puede medir el alcance de las responsabilidades de unos y otros en esta triste historia. «Los acontecimientos responden a una lógica de hierro: las naciones recogen ahora lo que antes han sembrado ellas mismas». Y en esta «siembra de la desconfianza» es difícil saber cuál de los dos bloques se ha llevado la palma y por qué clase de «fatalismo bélico» se han visto conducidos unos y otros. En realidad, la crisis de la desconfianza entre los bloques o entre los Estados actuales no es, en gran parte, sino una manifestación de otro fenómeno más profundo y significativo, que es la crisis de la confianza en sí mismo y en el valor de la vida, que afecta hondamente al hombre contemporáneo. El hundimiento de las creencias trascendentes y el fracaso de los sucedáneos con los que se ha pretendido reemplazar éstas (racismo, totalitarismo, marxismo) ha pesado enormemente en la crisis internacional de nuestro tiempo. Muchos hombres han visto hundirse, en el curso de la última guerra «el edificio de las creencias en las que habían puesto su confianza y su ideal humanos, pero no han logrado encontrar esta fe única y verdadera que los hubiese reconfortado y reanimado. Como consecuencia de semejante inestabilidad intelectual y moral, se hallan sometidos a una especie de incertidumbre espiritual que los destruye y viven en un estado de inercia que les oprime el alma»36. A la incertidumbre interior se une la desconfianza exterior, que es su inmediata consecuencia. «Nunca, desde el final de la pasada guerra, se han sentido los espíritus tan afectados por la pesadilla de una nueva guerra y por el deseo de la paz, oscilando así entre dos polos opuestos»37. El restablecimiento de la confianza exterior debe ir necesariamente acompañado, por tanto, de un trabajo de reconstitución interior, que ha de llegar hasta donde se pueda. La encíclica Pacem in terris es, en este sentido, un instrumento precioso para devolver al hombre contemporáneo la confianza en los procedimientos nobles y bondadosos. En la bula Humanae salutis (diciembre de 1961), Juan XXIII presentaba
ya un cuadro esperanzador.
La mutua confianza, única salida posible El camino de la mutua confianza, por muy largo y difícil que sea, está, pues, abierto ante los hombres de hoy como la única salida posible de la actual encrucijada histórica. Esta política que busca el diálogo y la aproximación entre los hombres de buena voluntad, y que algunos denuncian como el producto de cierta especie de ingenuidad, está compuesta de elementos diversos. Diferentes virtudes deben operar dentro de ella para que pueda tener éxito. Los papas la han propugnado como la única conforme al Evangelio, sin dejar de afirmar, con severa solemnidad y con toda su enorme fuerza, las verdades del dogma cristiano. Eliminación de la violencia, respeto de los derechos ajenos y de los compromisos adquiridos, mutua benevolencia, son, para León XIII38, las bases de una política de concordia. Frente a la ruptura del mundo en dos bloques39, en lugar de apoyar la idea de una «cruzada atómica», que llevaría al mundo a la destrucción40, el papa Pío XII sigue manteniendo la misma política de aprovechar todas las ocasiones que se presenten para restablecer la confianza. «El horrible peligro que amenaza exige imperiosamente, en razón de su misma gravedad, que se utilice toda circunstancia favorable para hacer que el buen sentido y la justicia triunfen bajo el signo de la concordia y de la paz. Que se aproveche todo indicio favorable para volver a sentimientos de bondad y de piedad hacia todos los pueblos que aspiran sinceramente a la paz y a una vida tranquila. Que reine de nuevo en los organismos internacionales la mutua confianza, la cual supone la sinceridad de las intenciones y la lealtad de las discusiones»41. Razones que apoyan esta política de mutua confianza La argumentación del papa Juan XXIII en favor de esta política de «mutua confianza» se apoya principalmente en motivos y razones de índole práctica y humana, enteramente accesibles a cualquier espíritu que conserve un mínimo de ecuanimidad y equilibrio mental. Con ello el Papa trata de colocarse en un terreno universal del que
no quede excluido ningún hombre de buena voluntad, con independencia de
su credo o ideología. Esta es, sin duda, la única manera eficaz de presentar
la posición de la Iglesia a hombres que no participan en ningún género
de creencia religiosa.
Además de razonable, la idea del desarme moral es atractiva para todos los hombres, porque todos ellos, tanto los de un bloque como los de otro, «anhelan con ardentísimos deseos que se eliminen los peligros de la guerra, se conserve incólume la paz y se consolide ésta con garantías cada día más firmes» (PT 115). Es, además, fecunda en bienes, «porque sus ventajas alcanzan a todos» (PT 116). Este argumento práctico tiene ciertamente una gran fuerza y extensión, y el Papa lo dirige principalmente a los gobernantes para que «no perdonen esfuerzos ni fatigas hasta lograr que el desarrollo de la vida humana concuerde con la razón y la dignidad del hombre» (PT 117). «Que continúen reuniéndose y discutiendo y que lleguen a acuerdos leales, generosos y justos. Que estén dispuestos también a los sacrificios necesarios para la paz del mundo». El momento actual es, sin duda, muy oportuno para esta llamada universal. Ya Pío XII anunciaba al final de la guerra este nuevo estado de opinión favorable, resultado de la triste experiencia de la pasada guerra y de la idea que los mejores observadores políticos se forman del futuro. «Hoy en día, ante el espectáculo y la experiencia de la tragedia a la que nos ha conducido la guerra, muchos espíritus, muchas conciencias que antes consideraban el empleo de las armas como ventajoso y rechazaban las ideas de acuerdo y de concordia, muchos espíritus, muchas conciencias se abren hoy a sentimientos e ideas nuevas»42. Juan XXIII ve más próxima la posibilidad de realizar, siquiera sea parcialmente y de modo aún incipiente, el ideal de Pío XII de buscar la colaboración de todos los «hombres de buena voluntad» para esta gran obra de pacificación de las conciencias. «Si todos los «hombres honrados» se uniesen, la victoria de la fraternidad humana estaría próxima y por medio de ella la curación del mundo. Estos «hombres honrados» forman ya una parte considerable de la opinión pública y dan la prueba de un sentido verdaderamente humano, de una sabiduría genuinamente política»43. Ahora bien, sería juzgar con el equívoco el creer que estos conceptos de «hombre honrado», hombre de buena voluntad, puedan alcanzar un desarrollo pleno y auténtico fuera de la creencia en una ley divina, válida para la totalidad del género humano. «La buena voluntad no es más que el propósito sincero de respetar la ley eterna de Dios, de conformarse a sus mandamientos y de seguir sus caminos»44. La tragedia actual consiste en que el reconocimiento de esa regla universal de conducta no existe ya en el mundo de hoy. Pío XII había insistido mucho en esta idea fundamental: sin regla común, sin aceptación de una norma razonable que alcance a todos los hombres, no es posible establecer un verdadero orden. Lo que hace más difícil y, por decirlo así, más espinoso el trabajo de reconciliación es la carencia de una regla común de conducta que todos los hombres y pueblos están dispuestos a aceptar. Fuera de esto, «la buena voluntad» parece una actitud puramente sentimental y desprovista de contenido. La raíz profunda y última de los males que deploramos en la sociedad moderna es la negación de una regla de moralidad. universal»45, decía Pío XII. Mientra Europa fraternizaba en ideales idénticos, no faltaban disensiones y guerras, pero entonces estaba viva «la conciencia de lo justo y de lo injusto, de lo lícito y de lo ilícito». «Ahora, en cambio, las disensiones no provienen solamente del ímpetu de las pasiones rebeldes, sino de una profunda crisis espiritual que ha alterado los principios de la moral privada y pública»46. Perspectivas actuales del desarme moral Nos encontramos, pues, ante una situación paradójica que no parece tener una salida razonable. Por una parte, no puede esperarse una restauración de la confianza mutua, un verdadero desarme de las conciencias, si no es a partir de una especie de conversión universal de la humanidad a la fe religiosa, conversión de la que no existen por el momento los menores indicios. «No hay más que un solo remedio: volver al orden fundado por Dios incluso en las relaciones entre los Estados y los pueblos, volver a un verdadero cristianismo en el Estado y entre los Estados». La coexistencia actual, basada en el temor, no tiene más que dos perspectivas ante sí: «o se elevará a otra coexistencia basada en el temor de Dios, o se reducirá a una parálisis creciente de la vida internacional»47. Por otra parte, no podemos exigir milagros, y tenemos que seguir trabajando dentro de la situación real del momento, por precaria que ésta nos parezca. Los cristianos de hoy deben confiar, pues, en que una acción constante y paciente destinada a recoger todos los elementos de bondad, de verdad, de justicia y de amor que existen desparramados en el mundo y que pertenecen también al reino de Cristo, puede ser eficaz no sólo para alcanzar ciertos progresos inmediatos en el camino de la paz, sino también para lograr una relativa, pero auténtica elevación moral del mundo hacia ese mismo reinado. En este sentido, la acción de Juan XXIII tiene un valor y una significación excepcionales, porque abre el paso a la esperanza en el éxito inmediato de una aproximación entre las fuerzas religiosas y morales del mundo entero. El trabajo de desarme moral se desarrollará, pues, en diferentes planos: diálogo constructivo y sincero entre creyentes de diferentes confesiones religiosas para una mayor eficacia de su influencia moral sobre el mundo; cooperación internacional entre los pueblos de los dos bloques para la solución de los grandes problemas demográficos y culturales de la humanidad actual y la realización de nuevas empresas técnicas; trabajo de educación internacional, destinado a imprimir a las nuevas generaciones una mayor y mejor comprensión; esfuerzos de los juristas y diplomáticos a fin de reemplazar, en la medida de lo posible, la actual fase, de pura y simple coexistencia y de lo que se ha dado en llamar el «derecho inter-sistemas», por nuevas normas del derecho más firmes y más humanas, por una convivencia mejor asentada48. Los esfuerzos destinados a buscar el mínimo de acuerdo previo en un mundo desunido como el nuestro, no están necesariamente condenados al fracaso. Los cristianos podemos verlos dentro de un cuadro más amplio de verdadera conversión moral, aunque esta idea escape, sin duda, a muchos hombres sumidos en la concepción materialista. Debemos confiar en que todo paso hacia adelante en el orden moral, por modesto que parezca, lleva en sí mismo una promesa de nuevos y más importantes progresos. Piénsese en los efectos saludables que el concilio está ya produciendo en muchas almas apartadas de la Iglesia y de lo que podría ser el esfuerzo concertado de todos los hombres que creen en la existencia de un Dios providente, autor de la ley moral. Unidos éstos a los que, aunque privados de creencia religiosa, conserven aún en sus conciencias la huella de esta misma ley natural, reflejo inconsciente de verdad y de bondad, podrían darse, seguramente, pasos muy importantes en el restablecimiento de la confianza interior y exterior de los hombres de nuestro tiempo. Así se expone el voto de Juan XXIII: «Que en las asambleas más previsoras y autorizadas se examine a fondo la manera de lograr que las relaciones internacionales se ajusten en todo el mundo a un equilibrio más humano, o sea a un equilibrio fundado en la confianza recíproca, la sinceridad en los pactos y el cumplimiento estricto de las condiciones acordadas. Examínese el problema en toda su amplitud, de forma que pueda lograrse un punto de arranque sólido para iniciar una serie de tratados amistosos, firmes y fecundos» (PT 118). «Por nuestra parte, no cesaremos de rogar a Dios para que su sobrenatural ayuda dé prosperidad fecunda a estos trabajos» (PT 119). He aquí un programa de trabajo para todos los que, conscientes de la
gravedad de la situación actual, estén persuadidos de la posibilidad y
de la importancia de un trabajo pacificador que alcance no solamente a
los medios políticos y diplomáticos, sino que penetre en las conciencias
de todos los hombres de buena voluntad aún de los más alejados —al menos
en apariencia— del pensamiento religioso.
1. Le Monde, 28-29 junio 1963.
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