Introducción al problema
La idea de eficacia es verdaderamente adjetiva. Una idea de eficacia que
se pasease en un puro vacío intencional no tendría siquiera sentido. Las
cosas no son en sí ni eficaces ni ineficaces; somos nosotros los que las
hacemos tales. El primer peligro que presenta la idea de eficacia es, pues,
el propio de todas las ideas adjetivas: a saber, que quieran imponerse
y empezar a vivir por su cuenta. Es decir, la subversión de los valores,
la subordinación de lo sustantivo a lo adjetivo, del fin al medio.
Para hablar de eficacia temporal hay que saber antes si el tiempo y
la historia sirven para algo y qué es este algo. Así la idea de eficacia
temporal se nos presenta como una idea peligrosa, una idea con trastienda
y doble fondo, que acaso lleva encerrada y oculta dentro de sí toda una
concepción, previamente elaborada, del sentido histórico y del progreso.
Los cristianos tenemos, desde hace siglos, unas cuantas nociones sobre
este particular; pero, desdichadamente para ellos, los marxistas no están
de acuerdo con nosotros acerca de las mismas. Al concretar la noción de
progreso, dándole un sentido único, acorde con su dialéctica, ellos han
sustantivizado la noción de eficacia y la han monopolizado.
Necesitamos, por tanto, someter esa noción a una especie de depuración
previa. Ya no se trata, claro está, de la idea de eficacia en estado de
inocencia —todas las ideas conocen un estado de inocencia en el paraíso
de los diccionarios— sino de la idea de eficacia cargada de realidades
históricas tal como la encontramos malviviendo en este mundo de pecado. |
 |
1952 |
 |
Documentos |
|