La vertu d'efficacité
La eficacia es, a pesar de todo, una auténtica virtud y hay urgente necesidad
de repensarla con mentalidad cristiana. Pero, ¿hasta qué punto es esto
posible? Desde una perspectiva cristiana, ¿cabe propiamente hablar de eficacia?
Vistas las cosas bajo especie de eternidad, ¿hay algo que merezca el nombre
de eficaz? ¿Hay algo que sirva para algo, como no sea el adquirir méritos
para la vida eterna? Tendremos acaso que preguntarnos con el Cohelet "¿qué
provecho saca el que se afana de aquello que hace?".
En último extremo el hombre tiene que reconocer su inania, la futilidad
de todas sus obras. Todo lo humano tiene su sazón, su pasar y su envejecer.
Sólo Dios hace obra eterna y realmente duradera. "Dios sólo es eficaz"
—nos dirá Jean Rolin—. No hay, pues, posibilidad de concebir una auténtica
eficacia que, de un modo o de otro, no se halle ordenada a Dios. "La eficacia
es una gracia con la que Dios corona nuestros esfuerzos".
Pero qué lejos estamos ahora, ¡Dios mío!, de la concepción puramente
técnica de la eficacia en la que los efectos son calculados de antemano,
a veces con precisión de micras y de milésimas de segundo. Lo más impresionante
de la técnica es acaso su regularidad, su exactitud, la seguridad con que
el efecto sigue a la causa y todo parece producirse fatalmente de acuerdo
con el plan inicial. La máquina sorprende aun a sus mismos inventores.
Entonces este mundo de la técnica, ¿qué? ¿Tampoco vale nada? ¿Está también
incluído en las remotas razones del Cohelet? ¿El cielo lo contempla con
absoluta indiferencia?
No parece que sea así. Sí es cierto que sólo Dios es eficaz, no lo es
menos que el hombre es muchas veces —mejor diríamos siempre, al menos en
sentido permisivo— un instrumento de Dios. En este aspecto el hombre es
también capaz de realizar obra imperecedera aunque esté condenado a ingorar
el alcance y el valor de eternidad de sus propias obras. Todo artifice
quiere poner eternidad en su obra. ¿Se equivoca quizás? ¡Quién podría decirlo
con seguridad! ¡Quién conoce a este respefcto los designios de Dios! La
eficacia es, lo repetimos, una auténtica virtud, pero acaso exija como
todas las virtudes, como primera condición, el olvido de sí misma, el abandono
en las manos de Dios. |
 |
1952 |
 |
Documentos |
|