La revolución cristiana
Frente al desorden y a la iniquidad constituídos, la revolución es legítima.
Pero ¿es ésta la situación actual? Hay quien sostiene que los cristianos
debemos sentirnos revolucionarios porque nos encontramos ante un estado
de cosas radicalmente injusto. Otros en cambio, apelan a la tradicional
sumisión de los cristianos al orden legal para sostener las posiciones
que pudieran llamarse conservadoras.
El cristianismo es, sin duda, un fermento revolucionario, capaz de realizar
la transformación del mundo actual, pero su acción es del orden espiritual
y, en cierto modo, misteriosa e invisible. Su influjo se realiza muchas
veces de un modo oculto a través de fuerzas diversas, utilizadas por dios
para la realización de sus planes. Por otra parte las actitudes revolucionarias,
son en el fondo, bastante ingenuas, pues por mucho que pretendan profundizar
en la realidad social, las revoluciones nunca llegan a mudar ontológicamente
la Historia. En este sentido, acaso el cristianismo deba ser considerado
como la única revolución verdadera, la única que haya podido y pueda alcanzar
los estratos más profundos del vivir histórico.
Pero, por lo mismo, todo paralelismo entre esa auténtica revolución
y las múltiples, contradictorias y sólo aparentes revoluciones, resulta
peligroso. La revolución cristiana, si es lícito emplear esta expresión,
que a muchos repugna, es una realidad singularísima, sin par. Ante el mundo
actual, tan asediado por contrapuestos impulsos revolucionarios, tiene
gran importancia que los cristianos conozcamos y pongamos en acción las
esencias revolucionarias del cristianismo, que estemos en condición de
llevar a cabo, primero en nosotros mismos y luego en los demás, la única,
genuina y verdadera revolución: el Mensaje de Cristo, removiendo perpetuamente
el tiempo. |
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1952 |
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