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Existencialismo y fe católicaSe ha dicho que en el cristianismo se halla el clima más apropiado para acoger las aspiraciones existencialistas. Incluso se ha llegado a afirmar con evidente exageración que el existencialismo es una manera paticular de ser del cristianismo.Es cierto, desde luego, que buena parte de los inspiradores y precursores del existnecialismo fueron o son cristianos, aunque a veces cristianos inquietos y en cuyas almas no parece haberse asentado de un modo estable la paz de Cristo. Sin dejar de apuntar a San Agustín y a San Bernardo como raíces principales del árbol existencialista, bastaría recordar los nombres de Pascal, Kirkegaard, Chestov, Berdiaeff, Maine de Biran, Karl Barth, Blondel, Scheler, Marcel, para poder hablar de un existencialismo cristiano. Algunos de estos hombres son de religión ortodoxa; otros protestantes estrictos; unos pocos, católicos. Después de la publicación de la "Humani Generis", que declara la imposibilidad
de "compaginar" con el dogma católico el existencialismo, "tanto si defiende
el ateísmo como si al menos impugna el valor del raciocinio metafísico",
y en la que se habla de esa "moderna seudofilosofía" que, en concurrencia
con otras direcciones del pensamiento contemporáneo, "rechaza las esencias
inmutables de las cosas y no se preocupa más que de la existencia de cada
una de ellas", cabe preguntarse si un católico puede, sin dejar de serlo,
adoptar una actitud existencialista. De hecho, y como ya hemos indicado,
hay católicos que ocupan entre los existencialistas un lugar destacado
sin que su actitud haya merecido, ni antes ni después de la encíclica,
advertencia o crítica alguna por parte de la Jerarquía eclesiástica; pero
esto no significaría mucho en relación con el problema que he enunciado
y que a mi juicio ha de dar quehacer a los teólogos. Precisamente para
fines del presente mes se anuncia una reunión, presidida por Mgr. Feltin,
para tratar el tema "Fe teologal y existencialismo", en la que participarán
teólogos franceses de diversas tendencias o matices y que promete ser muy
interesante.
Grandeza de la metafísica: conocimiento del ser de las cosas y de sus
esencias universales, conocimiento auténtico y comunicable.
Pero el ser individual es, desde cierto punto de vista, lo que más me interesa en este mundo. Mi vida y mi muerte, vistas desde dentro de mí mismo; como actor, no como espectador; como sujeto, no como objeto del pensamiento. Es mi propio misterio el que intento afrontar. Y luego el de mi prójimo, ese mundo subsistente que en vano trato de encerrar entre las redes del intelecto. ¿Cómo salvar, en efecto, ese abismo que separa al yo-sujeto del tú-sujeto? He aquí el problema cuasi-religioso que el existencialismo se propone. El amor, la fidelidad, y sobre todo la esperanza, la fe religiosa, profundamente vividos, son sus medios. En realidad, sólo a través del tú supremo podemos llegar a los otros tús sin objetivarlos, en una especie de concupiscencia mental. Ahora bien; la filosofía trabaja siempre con conceptos. No existe ciencia de lo particular. La experiencia, la intuición interna es incomunicable y no puede ser objeto de un procedimiento metódico sin ser en gran parte destruída. La actitud existencialista no es una filosofía. Con razón se ha dicho
que el error del existencialismo ha sido el haber nacido en el seno de
la filosofía. Bien se ve que esa actitud es una actitud prefilosófica o,
más bien, como hemos dicho antes, pre-religiosa.
La verdad es que un existencialista sincero no se halla en condiciones de impugnar el valor del raciocinio metafísico desde un punto de vista genérico. Podrá simplemente afirmar su reacción personal; pero tampoco podrá prescindir de los conceptos, al menos para comunicar el resultado de sus reflexiones personales, siquiera sea parcialmente, objetivamente, ya que la propia experiencia en su totalidad es incomunicable. Vemos, pues, que el existencialista, como el místico, se ve obligado a conceptualizar para darse a entender de sus semejantes. Aunque el hecho místico y la experiencia de la intuición interna sea, uno y otra, ajenos al discurso intelectual, el místico, lo mismo que el existencialista, se ven impelidos a echar mano de aquél. El existencialista que niega fundamentalmente el valor del raciocinio metafísico no solamente es traidor a su propia vocación y comete un error lógico, al sacar conclusiones universales de premisas singulares, sino que emprende un camino peligroso que la Iglesia no puede aprobar. Pero el existencialista que sin negar el valor del raciocinio metafísico
pretende realizar a fondo la experiencia intuitiva de su propio sentido
interior, avanzando hacia dentro en lugar de hacia fuera, y experimentar
en su misma intimidad la dialéctica del yo y el tú, podrá llegar, sin duda,
a descubrimientos importantes para sí mismo y aun para los demás (esto,
claro está, si se decide a aplicar la reflexión a lo intuído).
Si esta actitud es sincera; si, en consecuencia, no va acompañada de una negación de Dios ni de la realidad ontológica del mundo exterior, de la relativa eficacia congnoscitiva del raciocinio, sino que se limita a ser una actitud de intensificación personal, ¿qué valor puede tener como posible fundamento de una fe católica? Este es, a mi juicio, el problema, despojado de sus primeras y más obvias dificultades, que el teólogo deberá estudiar en relación con el llamado existencialismo cristiano. |
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