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Libertad de discusión en la IglesiaCreen algunos que los católicos no estamos autorizados para pensar por cuenta propia y que debemos esperarlo todo de ciertas decisiones o enseñanzas totalitarias en las que, de un modo detallado y preciso, se nos diga, con previsora oportunidad, lo que hemos de saber, creer y hacer en cada momento.Quienes así piensan prefieren ver sacrificada la originalidad personal y el poder creador de los pensadores católicos en aras de la obediencia y de la sumisión a la Iglesia, a exponer a Esta a nuevas herejías y divisiones internas. En esto tienen razón: de los dos extremos el segundo es el peor y por eso conviene que sean contenidas las aspiraciones, aun legítimas, de novedad y de progreso, si, a causa de ellas, la unidad y la disciplina de la Iglesia o la pureza de su doctrina pueden ser puestas alguna vez en peligro. Supone más, en efecto, y vale más, un acto virtuoso de sumisión al superior
eclesiástico, aun en la hipótesis de que éste se equivocase, que todos
los descubrimientos ideológicos que cualquiera pueda llevar a cabo en una
actitud de rebeldía. Si por pensar de esta manera se nos critica a los
católicos, tendremos que contestar que esas críticas son injustas, pero
que se hallan fundadas en un hecho real, pues nuestra actitud de cristianos
es, fundamentalmente, la de una entrega incondicional a Cristo y a lo que
El es también, es decir a su Iglesia.
El inmovilismo es condenable. Decir vida es decir movilidad y espontaneidad: decir vida humana es decir más aún, es decir también novedad perenne, pues sólo la vida del instinto se repite en ciclos determinados. La Iglesia no permanece pues inmóvil: en sus actos presenta un permanente desarrollo. El Santo Padre lo ha dicho no ha mucho en palabras precisas: "Si es verdad que están en un error aquellos que, movidos por una pueril o inmoderada ansia de novedad, perjudican, con sus doctrinas, con sus actos y con sus agitaciones, la inmutabilidad de la Iglesia, no es menos cierto que se engañarían también los que buscaran más o menos conscientemente anquilosarla en una estéril inmovilidad. La Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, es como los hombres que la componene, un organismo viviente sustancialmente siempre igual a sí mismo; y Pedro reconocería en la Iglesia católica romana del siglo XX aquella primera sociedad de creyentes a quienes él arengaba el día de Pentecostés. Pero el cuerpo vivo crece, se desarrolla, tiende a la madurez. El Cuerpo místico de Cristo, como los miembros físicos que lo constituyen, no vive ni se mueve en lo abstracto fuera de las condiciones incesantemente mudables del tiempo y del espacio; no está ni puede estar segregado del mundo que lo circunda: es siempre de su siglo, avanza con él de día en día, de hora en hora, adaptando continuamente sus maneras y su comportamiento al de la Sociedad en medio de la cual debe obrar"1. Y, en efecto, la Historia de la Iglesia muestra cuán ágilmente se han armonizado en Ella en el curso de los siglos la diversidad de opiniones y el gusto de la originalidad con el culto de las tradiciones venerables y la cuidadosa conservación de la Verdad ya poseída. Se equivocan, pues, quienes quisieran desterrar de la Iglesia todo rastro de polémica o de discusión, sin considerar que la discreta inquietud intelectual, el diálogo y la controversia, son elementos indispensables de progreso. La adquisición de la verdad no pertenece exclusivamente contra lo que
pudiera creerse a primera vista, a la esfera individual, sino que es obra
común, que ha de llevarse a cabo con el concurso de muchos hombres y aun
de muchas generaciones que mutuamente se ayuden y se corrijan.
No es raro, en efecto, que un contradictor que se engaña, aporte, entre
equívocos balbuceos, la idea clave que abra las puertas selladas de un
mundo de nuevas ideas. Tal vez los que desde el principio de la discusión
estaban en lo cierto se pavoneen luego diciendo: "¿veis cómo teníamos razón?",
pero nunca se sabrá hasta qué punto la adquisición se debe también a los
que se equivocaron. No, ciertamente, a causa de su error o de sus errores,
sino de las buenas ideas que, mezcladas con abundante ganga de yerros,
supieron llevar al palenque de la discusión.
"Hay que tener el valor de equivocarse", se ha dicho y es verdad, con
tal de que se tenga también el valor de rectificar llegado el momento de
hacerlo. También los pensadores cristianos están sujetos a esa contingencia,
por muy buena que sea su intención. Pero las equivocaciones tienen menos
importancia cuando existe un Magisterio infalible y se está dispuesto a
acatarlo con veneración piadosa.
El progreso intelectual, la profundización de la Verdad, y la legítima
diversidad de opiniones exigen, pues, cierta libertad de discusión. Suponer
que esa libertad sea negada en el seno de la Iglesia es conocer mal o desconocer
por completo la naturaleza y la vida de ésta, confundiéndola con la de
los Estados totalitarios o autoritarios.
La Iglesia no es, en modo alguno, un autoritarismo ni un totalitarismo.
Su concepción de la Sociedad se asienta sobre un respeto casi infinito
a la persona, dentro, siempre de una perspectiva teológica grandiosa.
La iniciativa y la originalidad del hombre —este gran navegante del
espíritu, descubridor y conquistador incansable— nada pierden de su auténtico
contenido al ser asumidas en la vida de la Iglesia.
* * * Toda Sociedad se asienta sobre una verdad común, algo que se afirma radicalmente, con palabras, o, al menos, con actos sociales, algo que no puede ser puesto en tela de juicio, o desmentido en el terreno de los hechos, sin que la Sociedad misma se exponga a morir. Tanto es así que allí donde esa verdad no existe, hay que inventarla y poner en lugar de ella otra cosa que haga sus veces, llámese mito o convenio social. La libertad de discusión no puede alcanzar, en ninguna Sociedad que
disfrute de buena salud, esos estratos profundos, íntimos, de la verdad
social, pues ello equivaldría a vivir perpetuamente en trance de muerte.
En las democracias modernas el patrimonio de verdad se halla, en cambio, reducido a un mínimo y casi se limita a afirmar la necesidad de tolerarse mutuamente para poder convivir. Esa sombra de verdad social consiente junto a sí un máximo de opiniones o "verdades subjetivas". A este tipo de sociedad corresponde la mínima base ideológica y la máxima libertad de discusión. Por otra parte, el concepto de Estado ha evolucionado hoy: se ha puesto en claro que hay muchas cosas que no son de su esfera y que un Estado que pretendiera incorporarlas a su patrimonio de verdades constitucionales, y por tanto exigibles y defendibles por la fuerza, debería ser considerado como tiránico. Podría ser, por ejemplo, que todos los ciudadanos de una pequeña nación estuviesen de acuerdo en afirmar que la música de Bach es mejor que la música negroide. Esto constituiría una afirmación común, pero, desde luego, ajena a la esfera del Estado y que por tanto no debería entrar en el ámbito constitucional del mismo. Si este ejemplo se traslada al caso de la verdad religiosa, plantea un problema delicado que no hay por qué tratar aquí. Lo único que nos interesa es afirmar que la libertad de discusión tiene sus límites propios y que el Estado no puede tampoco traspasarlos sin degenerar en tiranía. Es natural que en una época en la que en casi todos los pueblos reina el escepticismo y en que se ha perdido la fe y la confianza en lo divino y en lo humano, estas dos posiciones sean, en general, las únicas posibles: o se reconoce la carencia de verdades comunes —y entonces no queda más solución pacífica que un régimen de amplísima tolerancia —o no se quiere reconocer tal hecho— y entonces hay que simular, hay que forzar, hay que imponer la verdad totalitaria. Pero la Iglesia no se encuentra en ninguno de esos casos. En primer lugar la verdad en la Iglesia no es una verdad convenida, ni una verdad impuesta, sino una verdad recibida y adquirida a la vez y además una verdad viva, la Verdad hecha Hombre, venida a los hombres, reconocida por los hombres, viviendo y manifestándose en medio de ellos. La verdad revelada es en primer término algo que irrumpe, o acaso penetra blandamente, en nuestra intimidad pensante; una presencia sobrenatural, que eleva nuestro intelecto a un estado de luminosidad inaccesible a la pura racionalidad. Por la revelación percibimos relaciones nuevas, nuevos elementos de la realidad objetiva "quae rationem humanam excedunt"3 y que ninguna elaboración puramente natural hubiese podido darnos a conocer jamás. En este sentido es aplicable al cristiano la frase del Eclesiástico que cita Santo Tomás: "Te han sido mostradas muchas cosas superiores al pensamiento de los hombres". Acude también la revelación en auxilio de nuestra actual debilidad intelectiva y nos muestra verdades del orden racional accesibles de suyo a la razón pero que ésta sólo logra descubrir de ordinario de un modo vacilante, oscuro e incompleto. La verdad revelada es pues ante todo una verdad recibida que se nos comunica desde fuera, desde arriba. Mas este origen superior y exterior de la revelación no da lugar a ninguna "extrinsicidad" tiránica, perjudicial a la libertad humana4 sino que constituye, al contrario, una posibilidad de perfeccionamiento de valor infinito, la cual no sólo respeta la forma misma de nuestra intimidad, sino ue la fortalece y la sublimiza. De la misma manera que el cristiano no se siente, en ningún caso, cohibido, sino más bien sostenido, estimulado y empujado hacia el Bien por la ley moral y por la disciplina eclesiástica —pues si algo le priva de libertad no es, ciertamente, el Santo oficio, sino los propios vicios y pasiones— tampoco el Dogma o el Magisterio eclesiástico cohartan o limitan su libertad intelectual, sino que, al contrario, sostienen y aseguran a la razón frente a la posibilidad de equivocarse y la estimulan a penetrar más profundamente en el cuerpo denso y misterioso de la Verdad. Al recibir la verdad revelada el intelecto humano no se deja, pues, esclavizar por un poder extraño, sino que, empapándose en lo divino, se esponja y da de sí mucho más de lo que en buena medida terrenal podría esperarse de él. Cuando el Magisterio habla, como ha hablado recientemente en la Humani Generis, el católico sabe muy bien cuál es la actitud que debe adoptar y sabe también que no hay en ella nada de humillante o de indigno. Como dice muy bien el Dr. Bernard Delfgaauw5, esa enseñanza solemne del Papa no debe ser recibida ni con el temor de ver la propia libertad truncada, ni con un sentimiento de triunfo porque se nos dé la razón en ciertos puntos, sino con la actitud reverente "del creyente frente al Maestro, del cristiano que se regocija oyendo la voz de Cristo. Cuando el Papa habla es Cristo quien habla, quien da las normas directivas que han de guiar nuestro pensamiento y nuestra actividad". El católico sabe que "el Espíritu Santo guía al Jefe visible de la Iglesia y que los actos del Magisterio, aun aquellos a los que no está unida la infalibilidad, no escapan a esta dirección divina"6. No es pues a la persona del Papa, por muy alto concepto que de ella nos hayamos formado, a la que prestamos el acatamiento de nuestra mente, sino al Espíritu Santo, dador de toda luz y distribuidorde todos los dones. Eso es lo que difícilmente puede hacerse comprender a quienes no participan de nuestra Fe. Pero la verdad en la Iglesia no es sólo una verdad recibida, sino también una verdad adquirida. Porque la razón puede y debe aplicarse a ese objeto divino de la revelación, no sólo para examinarlo y expresarlo según un orden lógico y sistemático, sino también para explicarlo en lo posible (ex-plicare, desplegar) y para sacar de él las innumerables consecuencias que nuestra ansia especulativa y nuestras necesidades individuales y sociales requieren. Hay pues una verdadera ciencia teológica, la cual difiere de las demás ciencias en que trabaja sobre "principios conocidos por la luz de otra ciencia superior, cual es la ciencia de Dios y de los bienaventurados"7. En este aspecto adquisitivo de la verdad religiosa se funda el valor y la necesidad de la discusión. La discusión en la Iglesia es eminentemente constructiva, se desarrolla en condiciones que no pueden darse en ninguna sociedad meramente humana. Mientras los hijos de los hombres están condenados a tejer y destejer perpetuamente la tela de Penélope de la verda efímera e inestable, en la sociedad de los hijos de Dios se labora siempre para "añadir lo verdadero a lo verdadero con el mismo orden y la misma armonía que se revela en la constitución de las cosas"8. En el orden puramente filosófico todo es prácticamente discutible, es
decir, todo es objeto de discusión entre hombres concretos y existentes.
Esto no significa, en modo alguno, que la verdad sea inaccesible a la Razón
humana, aun después del pecado original, sino que pueden encontrarse hombres
dispuestos a negar, o al menos a poner en duda aun la evidencia, sinq ue
pueda atribuírseles tampoco insinceridad o mala voluntad. Sin la revelación
las verdades morales aparecen confusas y vacilantes, expuestas siempre
a irse a pique en los naufragios de la nao humana. La revelación es, pues,
necesaria para que a la mente no se le escapen por los resquicios del alma
los últimos resuellos de certeza.
Sin la revelación, la doble sima del liberalismo agnóstico y del autoritarismo, no puede tampoco ser esquivada, porque sin ella, y en el estado actual del género humano, las verdades fundamentales, sobre las que se asienta el orden social, no pueden ser conocidas por todos los hombres con plenitud y seguridad, de un modo cierto y seguro y sin mezcla de errores9. En cambio en el seno de la Iglesia ocurre lo contrario. Se sabe que se está en la Verdad, se vive de Ella y se alimenta uno constantemente de Ella. La libertad de discusión significa pues libertad para construir, mas no para destruir. Prodúcese de esta manera un progreso interno, de carácter aditivo, en el que lo nuevo se asienta sobre lo antiguo sin conflictos ni conmociones. La Iglesia no conoce crisis reales de pensamiento, sus estratos profundos permanecen siempre inconmovibles. Ahora bien, el mundo de hoy no concibe un progreso de este género, precisamente porque en él no existe ni puede existir cosa semejante. Hay una incomprensión notable hacia la Iglesia y esta es la causa por la que a veces se nos considera a los católicos como víctimas de una dictadura intelectual. El pensamiento cristiano, en su investigación razonable, se siente, sin embargo, plenamente libre y asistido por el ejercicio de los pensadores cristianos de todos los tiempos, desde los más empinados Doctores de la Iglesia hasta el más ignorado de los fieles que sea capaz de orar y de vivir la Fe con sinceridad. * * * Se tiende a ensanchar desmesuradamente el "in necesariis unitas" a costa del "in dubiis libertas". Sistemas particulares son elevados a veces a un plano mucho más alto que el que les corresponde, y hay quien se sirve de ellos, como de escobas, para barrer opiniones contrarias. Incluso se estima como un bien esa especie de disciplina o cinemática mental que "standardiza" el pensamiento hasta el punto de que las gentes llegan a creer que el ideal es pensar a base de tópicos y de esquemas prefabricados... Yo creo que la libertad personal no debe ser reducida a límites más estrechos de los que la Verdad misma demanda. El pensamiento del cristiano debe conservar toda su fecunda lozanía y en ningún caso puede reducirse a un automatismo reflejo. Estoy de acuerdo con M. Marrou cuando dice que "no hay que confundir la ortodoxia con la pereza intelectual, la seguridad doctrinal con el psitacismo". Desde el punto de vista psicológico, aquel modo de proceder es un mal
método, conduce, en efecto, a lo que podría llamarse la "galbana totalitaria".
El intelecto humano necesita la fecundación permanente de lo problemático
y de los misterioso para mantenerse en actividad. Quien no se ha planteado
algo como problema, no puede tampoco asimilarlo como solución: de aquí
la necesidad de repensar o de hacer vivir en nosotros las cuestiones que
otros nos han dado resueltas. Por no proceder de esta manera andan por
ahí muchos tísicos intelectuales, almacenes de palabras hueras, haciendo
mercancía de su insinceridad.
Aunque no fuese más que por motivos didácticos, los cristianos no deberíamos pues apartar ni un momento la mirada de lo misterioso en nuestras creencias. La idea del Misterio nos sostiene en nuestras vacilaciones y nos libra de caer en la tentación de creer que todo pueda ser explicado demasiado fácilmente, como pretenden algunos predicadores del simplismo. A pesar de que la Iglesia siempre dejó a sus hijos en amplísima libertad sobre las cuestiones opinables, mostrando en esto unaprudencia y un cuidado extraordinario, y evitando el invadir la esfera de las legítimas posiciones particulares, son muchos los que han aceptado como válida la creencia contraria que vengo combatiendo. Suponen, pues, que en los problemas religiosos no cabe discusión ni originalidad propiamente dichas. Esto produce, evidentemente, cierta repulsión en el ánimo del hombre de vocación intelectual y da lugar a que muchos espíritus cultivados, bien conocidos por su agilidad en otras ramas del saber, se aparten hoy de los temas teológicos, en otros tiempos objeto de la atención preferente de los más agudos ingenios. Prodúcese así la indiferencia o el retraimiento de muchas inteligencias hacia las cuestiones teológicas. Ciertos enterradores de talentos prefieren que nadie se ocupe de estos temas a correr el riesgo, muy discutible, de que alguno pueda equivocarse alguna vez. La libertad de discusión en la Iglesia, concebida en sus términos justos, es un bien deseable y todos los cristianos debemos defenderlo y cultivarlo. A este efecto, debemos procurar que se acreciente la cultura religiosa en el pueblo y que poco a poco las creencias estrechas y supersticiosas, vayan siendo eliminadas por una auténtica formación cristiana. Sobre todo es necesario que en una atmósfera de Caridad vaya invadiendo
nuestras mentes. De la Caridad y sólo de ella nace la auténtica tolerancia,
el respeto a la opinión ajena, base fundamental de toda discusión constructiva.
1. Discurso con ocasión del 50 aniversario del Pontificio Colegio Leoniano
de Agnani, 29 abril 1949.
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