RESEÑA HISTORICA
 
   



La economía guipuzcoana
en su perspectiva histórica


 

Introducción


MAR de un lado, hierro y madera de otro, una población densa en un ámbito estrecho ante estos tres elementos. Con esta frase D. Julio Caro Baroja reflejaba muy bien el soporte económico y la densidad demográfica de las provincias costeras vascas. 1

En el caso de Gipuzkoa, esos elementos han configurado la economía de la provincia casi hasta nuestros días. Así, la influencia del mar ha sido determinante. El acceso directo por vía marítima de los puertos guipuzcoanos a distintas plazas europeas, garantizaron un intenso tráfico comercial. A las exportaciones de artículos de hierro del País se unieron las lanas castellanas y navarras. Este flujo servía para compensar las importaciones que Gipuzkoa debía realizar de productos en los que era deficitaria. Al mismo tiempo se fue originando, entre los siglos XVI-XVIII, un cambio en la localización de las ferrerías guipuzcoanas: del interior hacia zonas cercanas a la costa para que su producción tuviera más fácil acceso a los mercados exteriores.

En el siglo XVIII, se implantó un nuevo sistema en el comercio colonial hispánico Este cambio tuvo gran repercusión en Gipuzkoa. La constitución de compañías privilegiadas dio origen a una mayor actividad mercantil de los puertos guipuzcoanos. Aunque, la habilitación de puertos peninsulares para el comercio directo con América en 1778, provocó el desvío del tráfico que antes se dirigía de Gipuzkoa a Andalucía, a las nuevas plazas abiertas al comercio ultramarino como Santander, Coruña, Málaga, Barcelona, etc.

También el mar fue la base del desarrollo pesquero que tanto aportó a la economía guipuzcoana, sobre todo durante el Antiguo Régimen, e incluso más matizadamente, en el siglo actual.

La producción manufacturera más representativa de Gipuzkoa fue y sigue siendo, la siderurgia y sus derivados. Hasta finales del siglo XVII, la producción de sus ferrerías era la partida exportadora más característica de la producción provincial. Pero, al permanecer bajo técnicas tradicionales, este sector vivió una crisis profunda a partir de los 70 del siglo XVIII, hasta bien avanzado el XIX. Sólo en la segunda mitad del XIX, la siderometalurgia guipuzcoana entraría en una etapa de renovación, siendo en la actualidad uno de los sectores que mejor define a la industria provincial y a su estructura económica.

Los bosques fueron los que proporcionaron la energía -carbón vegetal- a las ferrerías tradicionales. Y también los bosques guipuzcoanos sirvieron para el temprano desarrollo de los astilleros. La producción naval constituía al mismo tiempo la mejor garantía para el desenvolvimiento de la pesca y el comercio marítimo.

La densa población, elemento constante en nuestra tierra, obligaron a ciertos comportamientos como: la emigración de sus gentes a América y la necesidad de importar productos "para sustento de sus naturales". La emigración a América fue especialmente importante en los siglos XVIII y XIX. La corta producción agrícola, escasa siempre para atender la demanda de su población, convirtió a Gipuzkoa en un lugar importador de granos europeos.

Comercio y pesca, ferrerías y construcción naval, escasez de recursos de la tierra y emigración, se conjugaron en esta provincia pequeña, dentro de un marco jurdídico-fiscal propio. El carácter de provincia "exenta" que tuvo Gipuzkoa hasta 1841, ayudó a mantener unos flujos comerciales que le resultaban vitales. Las aduanas en el interior y no en la frontera y costa, favorecieron las exportaciones e importaciones con Europa. Y si bien esta situación podía dificultar el acceso al mercado interior peninsular, la economía guipuzcoana se había estructurado volcada hacia Europa. No obstante, con el traslado de las aduanas del interior a la zona fronteriza, a mediados del XIX, se limitó la competencia exterior y se emprendía en Gipuzkoa una "revolución industrial" que modernizaría su estructura productiva. Y, aunque en 1876, desaparecían las singularidades fiscales de este territorio, el régimen de Concierto Económico, que sustituyó al sistema anterior, vino a estimular el crecimiento de la industria guipuzcoana.

 

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La economía guipuzcoana en el Antiguo Régimen


 

La actividad mercantil


 

La creación del Consulado de San Sebastián


Desde la Edad Media habían destacado algunos puertos guipuzcoanos por su tráfico comercial. Sin embargo, en el siglo XVIII, San Sebastián sería la plaza mercantil más importante de Gipuzkoa, eclipsando a otros puertos. Su localización en la desembocadura del Urumea y cerca de la frontera de Francia, así como su cercanía al valle del Oria -vía natural de penetración hacia Castilla y Navarra- convertían a San Sebastián en un lugar favorecido por la naturaleza para el intercambio.

Pero, previamente a esta situación, durante el siglo XVII, el puerto easonense vivió una situación de crisis. No obstante, esta crisis del comercio donostiarra fue un acicate para que sus comerciantes plantearan nuevos proyectos con el objeto de superar la situación. Dicha crisis estaba motivada por varias circunstancias. En primer lugar, las ferrerías vascas se encontraban con un cierto retraso tecnológico respecto de algunas europeas (belgas y suecas). Consecuentemente, los productos vascos perdieran posiciones en los mercados europeos. En segundo lugar, las partidas de lanas castellanas y en mayor medida las aragonesas y navarras, que años atrás se exportaban por Deba y San Sebastián descencieron en favor de Bilbao y Bayona. En tercer lugar, el sistema fiscal propio de la Provincia, se vió afectado por los intentos de la Corona, para que aquélla contribuyera en mayor medida a los gastos de guerra.

En este contexto se debe enmarcar la creación del Consulado de San Sebastián en 1682; esto es: en un periodo en que la crisis económica afectaba a la manufactura guipuzcoana más importante y al comercio de lanas. Para salir de aquella situación los comerciantes donostiarras trataron de organizarse bajo una institución que sirviera para impulsar el tráfico de su puerto.

La génesis del Consulado donostiarra ha sido estudiada con gran acierto por Samuel Lazcano2. Tal como su autor precisa un Consulado de Comercio, surgía generalmente allá donde el comercio era muy activo. Así había ocurrido con los consulados del mar -en el Mediterráneo- en la etapa medieval, y también con las correspondientes instituciones consulares de Burgos, Bilbao o Sevilla al comienzo de la edad moderna. Y, si el nacimiento del Consulado de San Sebastián tuvo lugar en un momento de crisis, no por ello dejó de ser oportuno. Al solicitar el permiso a la Corona para crear el Consulado, los comerciantes de San Sebastián contaban a su favor con la existencia en la ciudad de dos cofradías: la de San Pedro y la de Santa Catalina. Éllas fueron el núcleo del futuro Consulado3. La Cofradía de San Pedro agrupaba a los mareantes, y la de Santa Catalina a capitanes, pilotos, dueños y armadores de navíos, y cargadores de hacienda. Y, aunque con la creación del Consulado no quedaron absorbidas dichas cofradías, la base sobre la que se asentaba la de Santa Catalina era la misma que la de cualquier consulado.

Tras las gestiones realizadas por los comerciantes, en marzo de 1682, llegaba a San Sebastián la resolución del Consejo Real facultando a la ciudad la fundación de un Consulado. A continuación se procedería a la redacción de las ordenanzas cuya labor se hizo con el asesoramiento y participación de los propios comerciantes.4

 

La expansión mercantil de Gipuzkoa en el siglo XVIII


Que el Consulado impulsó el comercio guipuzcoano, y especialmente el donostiarra, es evidente ante el auge mercantil que se advierte en la ciudad, en el siglo XVIII. En efecto, durante el setecientos, la provincia fue testigo de la creación de dos compañías privilegiadas de comercio como fueron la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas y la Real Compañía de Comercio de La Habana. La primera, tendría su sede principal en San Sebastián; la segunda, si bien se establecía en la Gran Antilla, contó desde su fundación con una factoría en la ciudad donostiarra. Y en ambas sociedades, el protagonismo de los hombres del Consulado de San Sebastián, fue determinante para su funcionamiento.

La Real Compañía Guipuzcoana de Caracas nació en 1728 y se prolongaría hasta 1785. Su objetivo era adquirir el cacao caraqueño, producto que estaba en manos de los holandeses, y el transporte de géneros europeos y metropolitanos a la colonia americana. La presencia del Consulado en esta sociedad es clara. Los estatutos redactados entre octubre-noviembre de 1728, respondieron a los planteamientos hechos desde la institución consular. En éllos se recogía la necesidad de contar con una dirección compuesta por cinco individuos. Y así quedó plasmado, designándose para aquella tarea a destacados miembros del Consulado. Fueron éllos los que realizaron la difícil tarea de poner en marcha la sociedad mercantil, aportando las primeras partidas del capital social, encargándose de la construcción de navíos para los viajes ultramarinos, así como adquiriendo géneros europeos y metropolitanos para enviarlos a Venezuela5.

Aunque la sede principal de la Compañía de La Habana, fue la ciudad cubana, también se abrió una factoría en San Sebastián. Los fines de esta sociedad mercantil eran: adquirir el tabaco cubano, transportarlo a la metrópoli para abastecer a las Fábricas Reales de Sevilla, y abastecer de géneros a la Isla de Cuba, entre los que figurarían los herrajes fabricados en Gipuzkoa y destinados a los arsenales habaneros.

El impulsor y primer director de esta Compañía, Martín de Aróstegui, era también accionista de la Compañía Guipuzcoana de Caracas. Sus buenas relaciones con el mundo mercantil donostiarra, facilitó la captación de accionistas para la sociedad habanera, que ya lo eran de la Compañía de Caracas. Quienes actuaron como factores para el envío de herrajes desde San Sebastián a La Habana, fueron miembros del Consulado donostiarra.6

Si quisierámos hacer un balance de las consecuencias del tráfico colonial sobre la economía guipuzcoana, la respuesta sería compleja. Los efectos de la caraqueña fueron valoradas en su época de forma dispar. Así el P. Larramendi se lamentaba, de la influencia negativa sobre la actividad pesquera de Gipuzkoa7. Sus críticas no iban descaminadas porque en la segunda mitad del XVIII, en la Provincia apenas quedaban gentes que se dedicaran a la pesca. La razón era obvia: los navíos de la Compañía de Caracas eran un reclamo para todos aquellos que aspiraban a mejorar su suerte enrolándose en los viajes ultramarinos. Aún admitiendo este hecho, también podría añadirse que la actividad marítimo-comercial en torno al puerto donostiarra, proporcionó un número elevado de puestos de trabajo. Las listas de marineros y capitanes, pilotos y escribanos de navíos, maestres y calafates de la Compañía de Caracas, estuvieron formadas, prácticamente en su totalidad, por gentes guipuzcoanas.

Otra pregunta que podría plantearse para analizar las consecuencias -positivas o negativas- de las compañías de comercio sería si fueron elementos dinamizadores del crecimiento y desarrollo de la economía guipuzcoana. La Compañía de Caracas y en menor medida la de La Habana, movilizaron factores económicos en torno a San Sebastián. Desde el puerto easonense se enviaron textiles europeos a Venezuela, herrajes y clavazón guipuzcoanos a La Habana, así como armas y otros géneros. A su vez, los productos coloniales que llegaban al puerto easonense sirvieron para mantener un tráfico que proporcionó pingües beneficios a los que participaron en él.

Gracias al tráfico con América y Europa, las acumulaciones de capital por algunos comerciantes afincados en San Sebastián fueron extraordinarias. Pero, aunque no todo el capital, una gran parte de él fue a parar, de nuevo, a incrementar la actividad mercantil de tránsito, manteniendo y afianzando el comercio de la ciudad más allá del siglo XVIII. Las operaciones comerciales entre donostiarras y casas francesas u holandesaas, inglesas o portuguesas, la participación en expediciones a las Américas, junto a nacionales o extranjeros, fue lo que caracterizó a la burguesía easonenese, burguesía muy activa y con una buena dosis de espíritu de riesgo y más pendiente de las cotizaciones de artículos en Burdeos, Bayona o Cádiz, que de conseguir rentas de la tierra. Y si bien este intercambio facilitó la salida de algunos productos guipuzcoanos a otros mercados, lo cierto es que, mayormente se incorporaron productos extranjeros. Es por ello, por lo que se puede colegir que el impacto sobre la manufactura guipuzcoana fue limitado. Habría que esperar a mediados del XIX para que aquellos capitales acumulados se interesaran por la manufactura propia.